viernes, 6 de junio de 2008

Iré a Santiago

Dedicado a Sara Li Capella Portuondo,
madre y abuela santiaguera. Mambisa aunque ella no lo sepa

Esta mañana he colgado la bandera de Cuba en la ventana de mi casa. Ondea libre. Esta mañana he sacado del armario la guayabera de hilo crudo de mi abuelo, la última que se hizo a medida en El mago de la tijera, La Habana, 1959. “Si vistes guayabera con yugos pareces el millonario rico de la población” decía siempre canturreando la copla por guajiras.

Esta mañana he puesto un disco olvidado de María Teresa Vera y he dejado que el son montuno invadiese el aire. Esta mañana, señores, he sacado del bar un ron viejo de Bacardí y le he dicho, muy bajito, para que no se asuste, “Compay, va siendo hora de que tú acabes en un daiquirí y yo con tremenda borrachera”.

Esta mañana, en fin, mi alma salió a pasear por Santiago de Cuba. Iba yo muy contento con mi sombrero de paja de verde, Enramada arriba, Aguilera abajo. A los que encontraba en mi camino les decía “¡Por fin llegó el fin!” y ellos me saludaban enseñando los dientes. Pasé por la plaza de Dolores y tomé Reloj a la altura del colegio de los jesuitas. La calle Heredia seguía tan bella y culta como siempre, escoltada por Elvira Cape y su biblioteca. Entré entonces en el parque Céspedes y hasta saludé a Diego Velázquez en la ventana de su casa.

La curiosidad me comía porque en la terraza del Casa Granda todo era guaracha. Sonaba Celia Cruz y una mulata caníbal de las que sólo se dan en Santiago se meneaba con hechizo de santera. En las mesas algunos aseguraban que “La Francia” había abierto de nuevo, mientras que otros se citaban para ir al Country a pasar la tarde. Los guayabitos corrían por todo el parque, excitados con la noticia de que se iban a Siboney a remojarse en la playa. Siboney, Siboney. Palmas, arena y monte.

Mientras subía las escaleras del Club San Carlos recordé a los más viejos del lugar, los que cada 31 de diciembre se vestían con su Black Tie para celebrar el año nuevo. Recordé a Danielito, a Mario, a Pepín. A mi mente también vinieron Palmira y Joaquín, Amalio y Edelmira, habaneros de Marianao, pero locos por la gozadera oriental. Todos danzaban con elegancia de otros tiempos. Todos murieron lejos, pero todos volvían conmigo. Al cesar la música cogí el Oriente y me puse a ojearlo con apego. No había penurias, ni Fulgencios ni Fideles. En sus páginas estaba la vida. Sólo la vida. Vulgar, anodina y maravillosa. La vida en forma de cartelera de cine, anuncios por palabras y partido de pelota en el Campo Leguina.

Todo eso pasaba mientras las campanas de la catedral anunciaban misa. Por un instante quise ver el perfil episcopal de Pérez Serantes en la terraza, no sé si rezando el rosario o tomando la fresca. Justo en ese momento, un pregonero se paró delante de mí con su carretón. Llevaba mamey, mangos, mamoncillos. Fruta jugosa y madura, dulce porque venía de El Caney. Él me contó que en Sevilla los guajiros volvían a sus faenas, abandonadas muchos años atrás, y que Charco Mono daba saltos de contento porque estaba lleno de agua.

Decidí entonces subir a Puerto Boniato para disfrutar de un panorama majestuoso y ya olvidado por mis ojos, pero que era el mismo de siempre… No. No era el mismo. Ahora lucía distinto porque desde allí se veía a todos los que habían vuelto a Santiago. Esta vez para quedarse. Mayito, Ana María, Totén y Nina. También Enriquito y su hermana Rosa, Graziella, Manuel Jorge, Fernando el asturiano, el tío Guille, Marino y Alberto -que estaba ya en Punta Gorda preparando las cañas de pescar- mientras Carlos El chino batía palmas como un niño porque Cayo Smith volvía a llamarse Cayo Smith.

En Ciudamar vi cómo los botes cruzaban a La Socapa y vuelta, mientras que en Fortaleza lucía de nuevo el anuncio de siempre y desde El Morro –marea baja– se veían los restos del Oquendo, oxidado y tozudo como un español, resistiendo ahora y siempre a las olas del Caribe. Más se perdió en Cuba, almirante.

Entonces pedí un mojito al mesero y me acodé en la baranda del San Carlos antes de volver a mi casa, que es donde vivo, pero no donde sueño. Mi hogar y mi alma están en Santiago. Creo que ya para siempre.

Esta mañana he colgado la bandera de Cuba en la ventana de mi casa. Ondea libre.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi querido Dr. Uria,
Que sorpresa tan agradable! No me esperaba este honor, el cual quizas sea inmerecido. No obstante, lo acepto humildemente solo con una condicion: que esta dedicacion incluya "a todas las madres y abuelas santiagueras."
Hoy has puesto en alto a nuestro querido Santiago. Gracias por todo, Nacho... y que Dios os bendiga siempre.

Sara Li Capella' Portuondo
Abuela y Madre Santiaguera
Miami, Florida
Junio 7, 2008

willytr dijo...

Dr. Uria,

Mi bandera, en este escritorio, es pequeña; Hoy, gracias a usted, la he visto mas grande y hermosa que nunca !

Guillermo "Willy" Tamayo

Nacho Uría dijo...

Sr. Tamayo, la bandera más bonita es la que llevamos todos los cubanos en el corazón. Esa siempre ondeará libre. Gracias por sus palabras