viernes, 3 de octubre de 2008

Cuba, enfermedad incurable

¡Ha resucitado Guillermo Cabrera Infante!. Maestro y modelo aunque odiara serlo. Lo hace de la mano de su viuda, Miriam Gómez, que ha tenido que recurrir a la piedra Rosetta para descrifrar la letra espinosa de los manuscritos de su marido. Nace así La ninfa inconstante (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), novela que llega del más allá firmada por el genio cubano de las letras, príncipe en las Asturias de Oviedo. Y esta noticia me impulsa a resucitar -yo también- una elegía a Cabrera Infante llorada con tinta azul un 21 de febrero de 2005, fecha triste de su muerte.

Escribo este lamento desde un recodo de mi vida, en esa edad indefinida en la que empiezan a llamarte “señor” aunque sea un tratamiento de burgués contrarrevolucionario.

Nací, llorado Guillermo, cuando ya vivías en un país llamado Exilio, capital Miami. Ignoro si también Madrid y Londres. Poco importa. Entonces eras ya un desterrado, un guajiro/War Hero de Gibara, un cubiche sin Cuba, un criollo con bigotes de médico chino. En la concreta, un cubano maldito, que hoy viene a ser lo mismo que un maldito cubano. O más bien un cubano que siempre estaba en Cuba, ya fuese con la memoria, con la lengua de acero o con el puro humo de un tabacón elevándose ante tus espejuelos trostkistas (el humo, no el tabacón).

Por mis venas, así lo quiero, corre tu sangre de cabrerainfante hasta la médula. Me la inyectaron hace mucho tiempo en dosis sucesivas y crecientes. La primera vez con cuatro o cinco años. El hechicero fue mi abuelo Joaquín, un emigrante español sigiloso y plateado que llegó a La Habana en 1908. Era apenas un niño, pero nadie quiso a Cuba más que él.

Tengo algunos recuerdos de aquella primera transfusión, que fue más bien un viaje a través de las palabras. Conservo en paño de Bruselas la frase mágica que nos repetía a la menor oportunidad, la prueba irrefutable de que había vivido en el edén. “Era una tierra que daba tres cosechas al año”. Eso sólo puede suceder en el paraíso. Recuerdo también que me decía de “usted” a pesar de sufrir yo un analfabetismo en tratamiento jesuítico. Y la seriedad con que nos juraba que la mejor fabada del mundo se comía en La Zaragozana, inmortal restorán de la Habana Vieja en el que entonces reinaba una cocinera de Ribadesella. Le creí ayer y sigo haciéndolo hoy.

En aquel primer viaje -¡cómo olvidarlo!- me paseó por Prado en un Ford del 31 que le había costado 2.000 pesos y dormí en el Libertad, calle Aguilera, el hotel de sus visitas a Santiago para vender las sopas Cuba-Cataluña. Porque así le hechizó la Isla: rodando por la Carretera Central con un muestrario de viajante bajo el brazo. Solo. Tenaz como el orbayu. Feliz de ver el sol cada día y de olvidar para siempre las nieves de su Tineo natal, allá en Asturias.

Con él conocí el helado de sapote que hacían los chinos y también el Bar Delirio, timbiriche de La Víbora en el que apuraba sus dedalitos con anís al grito de “Mesero, café con felicidad”. Ahí es nada, ponían la felicidad en los bares. De su mano aprendí que el tocororo era el pájaro nacional, que la ropavieja se comía y que el Caribe y el Cantábrico eran dos mares del mismo océano. Algo más tarde descubrí que los habaneros (¡oh prodigio!) no se morían, se ñampeaban. O, más divertido aún, cantaban el manisero. “Caserita no te acuestes a dormir / sin comerte un cucurucho de maní / Manisero se va”. Se va. Se va.

En Cuba, si eras pacífico, vivías cien años. Si trabajabas duro, salías adelante. Si eras lindo gozabas con la tumbadera. Porque, eso sí, las cubanas eran las mujeres más bellas que ojos humanos vieron. Daba igual que fuesen blancas, negras o amarillas. Eran unas hembras del diablo que bailaban como brujas. “Donde esté una cubana que se quiten diez españolas”, juró un 20 de mayo mientras mi abuela ponía cara de nuez, tan seria y católica ella.

Ese viaje del que te hablo, querido Caín, fue muy cómodo. Lo hice sentado en sus rodillas sin moverme del sofá de su casa y se repitió regularmente hasta que mi abuelo murió. Para entonces el mayoral de Birán llevaba un cuarto de siglo señoreando la hacienda con látigo de fuego. De fuego y de plomo versión calibre 30,06 de punta hueca. Pero la semilla ya estaba plantada y sólo era cuestión de encontrar un jardinero paciente que la cuidase. Por eso empecé a buscar otros magos que me revelasen la lista de milagros pendientes de esa isla mágica que en realidad son mil islas.

Así conocí a Eliseo Diego, que me presentó a Wilfredo Lam, que me presentó a Lezama Lima, que a su vez me presentó a Pepín Rivero una tarde de abril en el Diario de la Marina. Fue Pepín el que se empeñó en que leyera a Mañach y con él me aficioné a Portell Vilá y sus historias. Portell me llevó a un mundo nuevo en el que vivían Bacardí, Santovenia y Ortíz. Disfruté mucho con los intelectuales –lo confieso sin pena–, pero con ellos la cubanía estaba un poco disecada. Bella, pero fría. Y eso no puede ser en una tierra que se desparrama con el calor, una isla en la que las hormonas explotan sin previo aviso, un territorio de aguaceros indómitos. ¡Qué país, carajo!

Por eso comencé a oír viejos discos de María Teresa Vera, una dama de otros tiempos. Aparecieron sus canciones en el fondo de un arcón, mezclados con fotografías en la playa de Boca Ciega y algún número amarillo de Carteles. El semanario nacional. Otras diosas llegaron más tarde, pero me quedo con la única posible: Rita Montaner (y, si me dejas, con Lupe Yolí, huracán ya olvidado).

Sin embargo el eco de aquellas tardes cubanas recuperó su esplendor con tu vista del amanecer en el trópico. Me la descubrió una santiaguera firme y culta. Otra enamorada de su patria que vivió medio siglo dentro y lleva medio siglo fuera. Sólo físicamente, eso te lo concedo. Su alma sigue paseando lúcida cada mañana por Vista Alegre y recorriendo ese mundo del brazo de su Danielito, que ahora descansa entre las palmas de un camposanto más bello que el de Santa Ifigenia. “Si quiere conocer de verdad lo que era Cuba”, me disparó a quemarropa, “tiene que leer a Cabrera Infante”. Y ahí mismitico me mató.

El veneno vino (que no vino venenoso) con los tres tristes tigres, galería de voces en habanero que yo oía –¿o quizá leía?– de noche y con las que luego soñaba previo permiso de mi esposa, cubana por vía materna (la maldición, como ves, seguía su curso y yo me dejaba arrastrar con gozo). Tus tristes y atigrados vividores, Guillermo, son una provocación constante, un pase al patio de butacas de la imaginación, de la risa, de la ternura, pero también a un subterráneo y furtivo pudor para nombrar lo innombrable, que es la derrota.

En mis sueños yo era Silvestre en los bajos fondos de La Habana; Arsenio Cué manejando por el Malecón en un viaje sentimental a ninguna parte; Códac el fotógrafo, siempre en la lucha por no olvidarse su cámara. A veces, fíjate bien, tuve la suerte de convertirme en La Estrella, monstruoso bolero a capella en cualquier timbeque regado de ron. He de reconocer que la negra era el papel que más me gustaba, desmesurada y excesiva como sólo ella sabe serlo. ¿Debo psicoanalizarme? Creo que no. Al fin y al cabo sólo soy un lector vulgar, el ingenuo Common Reader que se permite el lujo de no entender diálogos enteros y, sin embargo, comprenderlos hasta la última palabra. Es una ventaja que les llevo a críticos y profesores universitarios, insuperable tribu capaz de ver la Luna y acordarse de Baudelaire en vez de disfrutar de la Luna. Simplemente la Luna. Allá ellos.

De ahí p’alante todo fue un cuestabajo. Salté a Mea Cuba y visité al infante difunto en el cementerio de Colón. Entonces me convencí de que eras un genio, una especie en extinción, un fugitivo del lenguaje perseguido por intelectuales a sueldo, lacayos del comandante que eran lacayos de Stalin que son otra-vez-y-la-misma-vez lacayos del comandante. ¡Qué importa!

Algún día las enciclopedias recogerán una voz que diga: “Castro, Fidel. Dictador cubano contemporáneo de Guillermo Cabrera Infante”. A él le dolerá más lo de contemporáneo tuyo que lo de dictador. ¿O no? Así se escribe la Historia cainita: poniendo a cada uno –como Cervantes al elegirte discípulo– en su sitio. El tuyo que sea en Zulueta 405 con Carlos Franqui de inquilino y la materna/maternal disyuntiva: “¿Cine o sardina?”. Cine. Siempre cine. Más cine por favor.

Para siempre conservo tu enseñanza suprema, admirado-imitado-llorado Guillermo Cabrera Infante, aquella que asegura que ser cubano es llevar a Cuba con uno a todas partes. Ser cubano es tener siempre a Cuba en la memoria. Como una música apenas audible, pero persistente. Como una rara visión que sólo el corazón descubre. Porque Cuba es un paraíso del que nos expulsaron pero al que siempre estamos intentando volver. Por eso soy cubano.

Porque me da la gana. Carajo.

1 comentario:

Sara Li Salazar dijo...

Nacho... Nacho... me haz hecho llorar de emocion... en un sabado gris de Westchester... a pocos dias de cumplir 48 anyos de exilio sin poder regresar a nuestra Patria... que podemos decirte? Que escribes con pluma guajira y sangre mambi en tus manos! Gracias por escribir sobre nuestras raices... gracias por la visita mental a nuestra bella isla... gracias por hacernos pensar y sentir lo que fue nuestro pueblo... aquel que se llamaba la Republica de Cuba!

Los recuerdos evaporados me los haz devuelto con tu "Cuba, enfermedad incurable".

Por eso... yo a ti te voy a querer mucho... te lo prometo.

Bendiciones!

Sara Capella' Portuondo
Desde "Casa Salazar"
Westchester, Florida USA