jueves, 3 de marzo de 2011

Cuba insomne (pasado meridiano)

Hace medio siglo Fidel Castro ya había superado a su padre. Si el gallego Ángél Castro era el mayoral de Birán, Fidel era el señor de Cuba. Un señor sin señorío, hecho más bien de plomo y piedra. 

Por entonces, 1961, los cubanos ya sabían que otros cubanos querían invadir la Isla. Hasta ese momento todos temían que los americanos invadieran La Habana o, incluso, que cubanos invadieran Miami, aunque fuera en paz y con lágrimas, las manos vacías en plena fuga hacia delante. Pero que cubanos invadieran Cuba era puro surrealismo caribe, que se parece poco -casi nada- al otro, al sur-realismo socialista que se le había metido en la cabeza al compañero Fidel, intoxicado por los rublos soviéticos, que alimentaban mucho más que las ideas de Lenin o incluso de Stalin (si las hubiera o hubiese), ese perito en purgas.


En esas andaban cuando el comandante se puso lírico y ordenó que alguien filmara el patriotismo cubano, el de los miles (¡millones!) de habaneros y matanceros y pinareños y camagüeyanos y santaclareños prestos al combate contra el enemigo yanqui. Se olvidaron de los orientales, que aman las armas y saben usarlas, y por eso salió lo que salió.

Orlando Jiménez Leal
Lo que salió fue una "peliculita" de 13' (lagarto, lagarto; mal fario y gatos negros) dirigida por Orlando Jiménez y Sabá Cabrera, hermano del ínclito Caín (Cabrera Infante, Guillermo, director de Lunes de Revolución, avant-garde iconoclasta, clausurada pocos meses más tarde). La cinta se tituló PM (Pasado Meridiano) y es un maravilloso corto que los amigos de las etiquetas encuadraron en el Free Cinema, cruel ironía para una película que fue censurada de inmediato. El documental no tiene guión ni estructura, pero capta con una potencia desconocida la vida nocturna de La Habana, capital de todos los placeres.

Comienza con la llegada del transbordador de Regla, una lanchita que cruzaba (y cruza) la bahía. Salida: cerca del Santuario. Llegada: alrededores de los Almacenes San José. Noche cerrada y unas luces mortecinas que perlan el muelle. El botero parece asturiano, camisa a cuadros y boina. Poco a poco bajan los pasajeros, seres ávidos de ron (Bacardí), música y sexo. En este orden o cualquier otro. Son negros y son blancos, viejos y jóvenes, ebrios o serenos. Beben, y bailan, y fuman. También discuten. Algunos conversan, quizá de política, probablemente no. "Chico, no jodas. Nos vamos pa'l carajo con este oriental". Otros se abrazan, se rozan, se convidan. Con luz propia brilla una negra con vestido blanco y Hatuey de la mano, antecedente caníbal de la Estrella de Tres tristes tigres. "¡Ay! mira como bailo yo". La gozadera flota en el aire con un espíritu añejo y alcohólico, aunque sea diciembre y Fidel haya mandado parar. Nadie le hace caso. No hay preparativos. Ni Patria ni Muerte, valga la redundancia.

La cámara de Orlando viaja por el útero nocturno de La Habana. Caliente, aunque menos. Rumba Chori, La Sirena. El asfalto y la mar que azota El Malecón. Los músicos improvisan sus descargas y el vapor etílico sale a la calle. "Esto es Cuba, señores". Fidel dice no, no y no. "Hay que acabar con esta degeneración. El Hombre Nuevo. Quiero que el pueblo vea al Hombre Nuevo socialista". Pero de eso no había en Cuba, menos aún en La Habana. Todo lo más el Argentino Nuevo, Che Guevara, dispuesto a morir (y matar) por la Revolución. Para eso vino de fuera. A matar cubanos.

Silba el negro y arranca del timbal su alma africana. ¡Ay, mi china ! Más alcohol y sandwichitos, jamón y queso para todos. Eso sí que es un revolución. Pasa la guagua repleta de insomnes, exiliados de sí mismos, camino de otros garitos o puede que de sus camas. Sube la música, canta la parroquia, una pelea breve de gallos que se encrespan y lucen espolones mientras el cocinero bate un huevo ante los ojos hambrientos de un niño. Un blanquito de bigote fino maraquea para una vieja flaca, hija de esclavos. Doña Conciencia de Clase no aparece. Ni está ni se la espera, tan estirada y seca, tan comunista, tan verde olivo.

Los cuerpos giran y las caderas son las únicas revolucionarias, si acaso con los hombros que se cimbrean pa'lante y pa'trás. "¡Ay! mira como bailo yo". Sonríe una trigueña preciosa de cintura estrecha y pechos breves y la cámara viaja de nuevo rumbo a la madrugada, entre baquetas y humo de tabacón. Rostros ajados, cuerpos molidos. Vuelve la lanchita a zarpar al grito del asturiano con boina: "¡Para Regla! ¡Para Regla!".  

This is the End, my only friend. 
The End.
Después, el apocalipsis.  NOW.
And THEN.

En 1961 la vida en Cuba aún daba palmas y reía. Por eso llegó el comandante y mandó parar. "¿Por qué todos esos negros no nos apoyan?", preguntó Fidel. La respuesta la cantaban en los Carnavales, Santiago de Cuba, 1958: "Los blancos pa' la loma. Los negros pa' la conga". Eso sí que era una conducta impropia.

Por eso el régimen disparó contra la cultura. Por eso Fidel antes de hablar puso su pistola sobre la mesa como el que pone los cojones, argumento testicular, tan español y por tanto tan cubano, y perpetró su discurso. El único que tiene: "Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho ". Cual Rey Sol: la Revolución soy yo.

Por eso PM fue prohibida. Era demasiado real, demasido vital, demasiado cubana.

Por eso llegó el comandante y mandó parar. Hasta hoy.









1 comentario:

Carlos Alberto dijo...

Excelente artículo sobre una película, que si bien es un corto metraje filmado sin recursos y sin pretender lograr una obra maestra, tiene una gran dignidad profesional y, sobre todo, una importancia extrema en la historia de la entronización de la dictadura. PM, de Orlando Jiménez-Leal, también director de El Super, una de las mejores películas cubanas de todos los tiempos, estremeció al mundo de los intelectuales y los enfrentó a tomar decisiones sobre la situación que se nos venía encima. Su prohibición, como diría Vallejo, fue el heraldo negro de la tiranía. Tras el discurso de Fidel ya nadie podía dudar de que el estalinismo se había implantado en el país. PM es un hito clave en toda esta triste historia.

Carlos Alberto Montaner