sábado, 24 de mayo de 2008

La vergüenza birmana

Birmania se muere en directo, pero la opinión pública mundial no se ha conmovido con las 130.000 víctimas del tifón Nargis. Tampoco con la crueldad de los generales birmanos, que han rechazado la ayuda exterior y controlan la llegada de médicos y cooperantes internacionales a la zona.

Además, hoy se ha sabido que parte de la ayuda recibida por Birmania ha sido decomisada por las milicias progubernamentales, para luego venderla en los mercados de la antigua capital, Rangún. A plena luz del día,varios tenderetes del mayor bazar de la ciudad exhiben sacos de arroz con el emblema de la ONU y las siglas del WFP (Programa Mundial de Alimentos).


La tragedia del Nargis ha devuelto a Myanmar (nombre actual de Birmania) a los titulares, pero su desgracia apenas sobrevivirá unos días más en los medios. Después, el olvido. El olvido de la vergüenza birmana, aunque no sea nueva y sus víctimas, 55 millones de habitantes, vivan en una dictadura comunista dispuesta a matar antes que ceder un milímetro en la represión.

La última crisis antes del ciclón se produjo en septiembre de 2007, cuando los monjes budistas se echaron a la calle para denunciar la tiranía de la Junta Militar, que gobierna el país desde hace 46 años. En Occidente se bautizó ese levantamiento como la Revolución del azafrán por el color de los hábitos monacales, pero de revolución tuvo poco. Se quedó a medias, abrasada por un Ejército que no dudó en disparar a manifestantes desarmados. Ocurrió en Rangún, la capital histórica, ciudad fantasma ahora silenciada por las balas y la tortura. La matanza tampoco fue una novedad y se pareció mucho a la masacre estudiantil de 1988.

Birmania es el país más grande del sudeste asiático. A mediados de la década de 1960 era también era el más próspero de la región. Hoy está en el grupo de las diez naciones más pobres del mundo junto a Corea del Norte, Haití y Somalia. A la miseria une el yugo corrupto del dictador, Tahn Shwe, al que su astrólogo de cabecera le aconsejó levantar una nueva capital en medio de la selva. Esa ciudad –que no aparece en los mapas– combina búnkeres y campos de golf a partes iguales y la están construyendo obreros esclavos reclutados entre los más pobres.

Naciones Unidas, por una vez, ha actuado con decisión y su secretario general Ban Ki-moon llega hoy jueves a Birmania. Sin embargo, no podrá entrevistarse con el líder máximo, que ha rechazado cualquier contacto. La ONU teme que dos millones de personas mueran por los efectos del huracán, ya que sólo un 20% de la población está siendo atendida. El resto es ignorado o forzado a realizar trabajos de reconstrucción. Todo bajo unas lluvias torrenciales que han arrasado los cultivos de arroz y convertido la región en un pantano en el que, según Cruz Roja, 30.000 niños menores de cinco años morirán de hambre o, si tienen suerte, serán vendidos a familias de lugares por las que no pasó el huracán, pero que necesitan mano de obra.

En síntesis, la saña de los comunistas birmanos comienza a parecerse a la de los jemeres rojos, que a finales de la década de 1970 exterminaron a dos millones de camboyanos. El mejor ejemplo es que, pese a la emergencia, la dictadura celebrará el próximo sábado un referéndum constituyente. De nada ha servido el ruego internacional para retrasarlo, así que la prensa gubernamental vaticina ya una victoria por mayoría abrumadora y participación del 99% del censo. En ese censo están incluidos los casi tres millones de afectados.

Y todo mientras un buque francés (que está en aguas birmanas con 1.500 toneladas de ayuda) tiene prohibido el desembarco y trece aviones de EE.UU. esperan el permiso para aterrizar en las zonas devastadas. Sólo algunas ONGs han desafiado la prohibición y lanzan comida a los famélicos birmanos desde camiones en marcha. Si se detienen son tiroteados.

Por tanto, el riesgo de genocidio exige que se garantice de inmediato la distribución de la ayuda internacional, incluso con fuerzas militares (sean o no cascos azules) si fuera necesario. La atrocidad de la situación hace que ni el derecho internacional ni el principio de no intervención justifiquen una actuación acomplejada de la ONU.

Aún se está a tiempo de salvar miles de vidas. Birmania necesita ayuda, no espectadores.

Publicado en Diario de Navarra 26 de mayo de 2008

2 comentarios:

David Martin dijo...

En primer lugar felicidades por tu blog. En segundo lugar, quisiera hacer una pequeña "puntualización" al artículo referido, se te ha olvidado tocar el problema fundamental, el gobierno birmano se sostiene gracias al apoyo de China, Birmania es una fuente de materias primas para la voraz economía china y sin este apoyo la Junta Militar no duraría demasiado tiempo. Mi pregunta es, por qué Europa y Occidente no presionan al gigante asiático al respecto? ¿Quién pone el cascabel al gato?

Nacho Uría dijo...

Has hablado con palabras de vida eterna. Lo de China da para una enciclopedia completa, pero lo incluyo porque tienes toda la razón.