sábado, 17 de mayo de 2008

Campeón al revés

Ahora que el Giro vuelve a las noticias porque un español va líder, me viene a la cabeza una historia de hace medio siglo, cuando toda toda Italia conocía a Luigi. Y eso que Luigi no era rico, no era guapo y ni siquiera destacaba en lo suyo, el ciclismo profesional. Sin embargo, Luigi Malabrocca era un tipo simpático y los viejos aficionados a la bicicleta aún sonríen –entre la perplejidad y el cariño– al recordarle. “¡Ah! Malabrocca, el último”, dicen con pillería.

Desde el principio de su carrera, Luigi “El Chino” supo que jamás iba a ganar un Giro o un Tour. Él no era un fenómeno como Coppi o Luison Bobet, máquinas perfectas, todo corazón, pulmones y piernas de acero. Eso sí les llevaba ventaja en una cosa: él había pasado hambre. Último de siete hermanos, venía de un mundo rural y miserable en el que comer caliente era un milagro. En aquellos tiempos de posguerra, el ciclismo era un refugio para gente acostumbrada a sufrir, un escape digno, una salida para los que tenían nada. Sobre todo, nada que perder. Como él. Por eso Malabrocca, consciente de sus límites, se centró en un reto inefable: ser el peor.

Tras la II Guerra Mundial, el Giro había vuelto con su épica de gestas sobrehumanas, pero necesitaba publicidad, así que la organización unió a los maillots habituales uno nuevo: la maglia nera, que premiaba al último corredor de la general. Los ciclistas franceses, soberbios, huían como conejos de esa “distinción”. Los alemanes, más simples, jamás llegaron a entenderla. Para los italianos, sin embargo, era pura fantasía sobre ruedas y le gritaban “Corre Luigi, que los últimos serán los primeros”. Para más rechifla, una empresa de dulces patrocinaba el jersey negro y regalaba libras de chocolate al farolillo rojo. ¡Qué grandes!

Al ver el nuevo maillot, Malabrocca descubrió que había nacido para lucirlo e hizo lo impensable para lograrlo: ocultarse en los pajares, dormir la siesta en las cunetas y simular lesiones. Le daba todo igual. Por eso entraba en los bares a saludar o se perdía a propósito. Llegó incluso a esconderse en un pozo, bicicleta incluida. Su humor delirante le hizo tan famoso que le llovían los regalos, casi siempre comestibles. Vino, aceite o jamones. La gente le quería.

A finales de la década de 1940 llegó su consagración. Luigi ganó el jersey negro dos años seguidos y entró en la leyenda. Todos estaban de acuerdo en que era mejor ser último que no ser nadie. “El anonimato mata”, decía. En 1949, sin embargo, otro vino a ocupar su lugar. Un tal Sante Carollo, albañil de profesión, se empeñó en ir más despacio que El Chino y le arrebató en Monza el maillot negro en un esprín surrealista por no llegar. Digno de ver.

Malabrocca. El último de los últimos, el paquete con ruedas, el Carpanta del pelotón. Ahora que ha muerto, los de su pueblo quieren dedicarle una plaza o una calle. Espero que se la concedan pronto, pero suplico que no la bauticen con el soso y previsible “Luigi Malabrocca, ciclista”. Él merece algo a su altura. Más imaginativo. Más delirante. Más mediterráneo. Por ejemplo "Campeón al revés"

martes, 13 de mayo de 2008

Plus Ultra

Toda la vida han existidos dos polos. El Polo Norte y el Polo Sur. Bien es verdad que en tiempos de la EGB te liaban con el polo geomagnético y el celestial, pero eso eran tecnicismos de sabelotodo. Lo realmente fascinante eran las historias de Amundsen, Scott y Shackleton camino del Polo Sur, o la disputa entre Cook y Peary sobre quién llegó primero al Ártico. En aquellos años nos atrapaban sin remedio las películas de aventuras con nieves eternas, ya fueran en compañía de Colmillo Blanco en Alaska o con Gregory Peck cazando focas mientras aspiraba a tener el mundo en sus manos.

Ahora llaman “tercer Polo” al Everest por ser la cima terrestre más alta y la idea de tener tres polos me fascina. Más aún si sólo cuatro hombres han estado en esos lugares y uno de ellos es español. Entonces la leyenda de conquistar los tres polos eleva al coronel Francisco Gan a la galería de los más grandes, sólo un peldaño por debajo de los primeros explorados glaciares.
Francisco Gan es un catalán sin pretensiones. Ahora está destinado en el Regimiento de cazadores de montaña América 66, en Aizoain (Navarra), que es un cuartel al que aprecio porque allí juré bandera. Gan no da valor a la gesta de haber pisado los tres polos, quizá porque conoce de cerca la muerte. Con sus hombres ha estado destinado en Bosnia, Kosovo y Afganistán, país éste que conoció de paso a la cordillera del Himalaya.

Él sabe lo que es la adversidad, el sufrimiento y la superación de ambos. Lo ha vivido en muchas ocasiones a lo largo de su vida, por ejemplo, cuando arrastró un trineo de 100 kilogramos durante 55 días camino de la Antártida. Fue en 1995 y la odisea se alargó hasta cubrir 1.400 kilómetros a pie junto a compañeros del programa Al filo de lo imposible. En ese desafío llegaron al mismo punto en el que el capitán Scott encontró los restos del campamento de Amundsen en su cruel pelea por conquistar el Polo Sur.

Cuatro años más tarde, con esa tenacidad castrense que tanto escasea y que tanto admiro, volvió a los límites de la resistencia humana. En aquella ocasión, 1999, formó parte de la primera expedición española al Polo Norte. Y logró pisarlo y colocar allí la bandera nacional. Atrás habían quedado 1.300 kilómetros de frío polar –nunca mejor dicho– y silencio atronador, de océanos de hielo y ventisca asesina, una ventisca cortante como la cuchilla de un afilador. Tardaron dos meses en llegar, pero mereció la pena.

“Ahora debe de haber más gente que lo ha logrado”, dice Gan. “Pero lo importante no es ser el primero o el octavo. Esas son cifras vacías para que las historias ganen en intensidad”. Para él lo interesante es el reto, descubrir tus propios límites, intentar ir más allá
“La montaña no se vence, se experimenta. Pero no por su belleza, sino por el espíritu con el que acercas a ella. Con el deporte se rescatan valores como la cooperación o la disciplina. En el ejército y en la montaña, además, se aprende a sobrevivir, a aceptar la derrota y a seguir luchando. Si te paras no resolverás tus problemas”.

Lo dice el coronel Gan sin darse importancia y yo le creo. Sobre todo cuando concluye “A mi lo que me cuesta una barbaridad es ser buena persona todos los días y a todas horas, apreciar lo pequeño y vivir lo cotidiano con sentido de aventura”.

Publicado en OSACA 11 de mayo de 2008

martes, 11 de marzo de 2008

El Lido en invierno


Venecia es una ciudad distraída y enigmática. Sobre todo en los días desiertos de invierno, cuando resplandece sin arrogancia y su abandono viejo y aristocrático se vuelve irresistible.

Dicen que el nombre de Venecia procede del latín Veni etiam –Ven de nuevo–, invitación sublime –¡Vuelve a Venecia!–, digna de ser disfrutada a la menor ocasión. Quizá Enero sea el mes perfecto para descubrir cómo las tardes de la laguna tiñen los palacios de ceniza y silencio y el agua se vuelve gris, gris perla, un perla vetusto y señorial que realza el ocaso de la Serenísima república, de sus puentes esquivos y sus máscaras ciegas de Carnaval.

Es cierto que no todos comparten el gusto por esa Venecia deteriorada e incierta. Por ejemplo, Marinetti, poeta que clamaba “¡Despreciamos a la antigua Venecia extenuada, imán del esnobismo y la estupidez universal!”. Así eran Filippo y sus amigos futuristas: frenéticos, mecánicos, excesivos.

Sin embargo, Marinetti adoraba la isla del Lido, que es larga y fina como su arenal de doce kilómetros. La playa de Venecia es una barrera que protege a la ciudad de las olas y los vientos, ya sea el colérico boraccio o el amenazante siroco, en invierno y en verano, épocas que el Adriático se abre para azotar inmisericorde a los habitantes de la laguna. Sin el Lido no existiría Venecia: el mar y sus corrientes ya la habrían tragado, nueva Atlántida mediterránea.

Esas mismas aguas voraces son las que bañan la sutil playa del Lido. Durante el estío es bulliciosa y soleada, pero en invierno recupera la discreta elegancia de tiempos lejanos, principios del siglo XX, cuando el Lido era el abrigo de la Europa regia, apenas amenazada por Biarritz o Montecarlo. Entonces la isla era frecuentada por reyes y príncipes del arte y la vida. Todos entregados al dolce far niente, tumbados con indolencia en las hamacas mientras las horas volaban gozosas, lentas y sublimes entre casetas rayadas y un oleaje de acero.

Ese reposo antiguo era el que buscaba el zar Nicolás II, el último de su estirpe, al afirmar “Siempre que dudamos entre dos playas, una de ellas es el Lido”. O Wagner, que todos los sábados salía de madrugada de su palacio en el Gran Canal para contemplar el amanecer en la isla. O Thomas Mann cuando se alojó en el Hotel Des Bains (Lungomare Marconi 17, Lido Norte), escenario final de pasiones equivocadas, teatro perfecto para descubrir la Venecia trágica con la 5ª de Mahler de fondo.

Invierno en el Lido. Sus calles solitarias, sus gentes silenciosas. La villa de Malamocco, madre de la isla, con su campanario de pueblo y sus calles recoletas. El aroma años veinte que lo impregna todo, del Templo Votivo al puente de San Nicolò, del Palazzo del Cinema –del que Fellini decía que entrar en él era “como aprobar un examen final"– al Hotel Excelsior con sus actrices neoclásicas camino de la Mostra cada septiembre (ya fueran la poderosa Magnani, Katherine Hepburn en Mujercitas o la Garbo de Anna Karenina).

Y, sobre todo, el mar. El Adriático –el Mare Superum latino–, pretexto de los venecianos para hacerse poderosos, opulentos y cultos. De Marco Polo a Vivaldi, de Petrarca a Tintoretto.
Y, siempre, el Lido. El Lido en invierno. Tan bella, tan decadente y tan difícil. Tan majestuosa, pero tan frágil. Tan antigua y, al mismo tiempo, tan superficial.

Tan maravillosa.

jueves, 21 de febrero de 2008

Cuba año cero

Hoy empieza el futuro en Cuba porque Fidel Castro ha renunciado a la presidencia y a la jefatura militar de la isla. Lo hemos sabido porque el Granma, diario oficial cubano, publicó ayer un artículo de Fidel Castro titulado “Mensaje del Comandante en Jefe”. En él se confirma un secreto a voces: Fidel no volverá a gobernar. Con este abandono termina medio siglo de Historia concentrada en un solo hombre.

El principio del fin sucedió en el verano de 2006, cuando Castro delegó temporalmente el poder en su hermano Raúl. Desde ese momento no volvió a aparecer en público y es probable que no vuelva nunca. Su deterioro es progresivo y, por lo que se deduce de su mensaje, irreversible. Él mismo confirma que le falta el vigor suficiente para afrontar el futuro. Tiene 81 años y demasiado orgullo para que sus compatriotas le vean apagarse como una vela.

Sin embargo, Fidel está tranquilo porque la vieja guardia, apoyada en los jóvenes comunistas, continuará con la revolución. Es decir, el Partido Comunista será el sustituto de Fidel, ya que nadie es capaz de llenar el vacío que deja. Nadie salvo el pueblo cubano, que una vez más ha sido ignorado.

Parece, por tanto, que la nación está madura para asumir la despedida y, quizá, para iniciar la transición. Raúl Castro y sus ministros se preparan ahora para la batalla política que se avecina y atan cabos para que la situación no se desquicie. El país, de hecho, lleva año y medio sin Fidel al mando y en ese tiempo pocas cosas han cambiado.

Con la renuncia llega el turno de la diplomacia y la política. Si todo se desarrolla con sentido histórico, Cuba comenzará un período de cambios graduales. Por ejemplo, liberalizar con moderación la economía –sobre todo, en el sector agrario, incapaz de abastecer a los mercados– o tomar decisiones con poca carga política y mucha trascendencia social, ya sea permitir la entrada de cubanos en los hoteles de turistas o reestablecer los vuelos con EE.UU. Eso bastaría a una población acostumbrada a ilusionarse con cambios minúsculos.

A corto plazo el poder seguirá en manos del Partido Comunista, que es el único que puede garantizar el orden interno y tiene, además, un arma poderosa: autorizar la salida incondicional del país. Si eso se permitiera, el éxodo inmediato hacia Miami sería de un millón de personas, posibilidad que aterra a los americanos. Por tanto, a todos les conviene que la transición sea tutelada por el Partido y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

En el exterior, EE.UU. y Europa ya han presentado sus exigencias de cambio –entre ellas, la amnistía para los presos políticos y la legalización de los partidos opositores–. Más adelante demandarán reformas legales y elecciones. No hay otro camino a la democracia. Con ella en marcha, Washington podría levantar el embargo que mantiene desde 1962.

Las incógnitas finales son descubrir al Adolfo Suárez cubano y a qué velocidad se producirán los cambios. El peligro, sin embargo, sólo es uno: que el proceso se atasque. Una contrarrevolución no es factible porque las armas sólo las tiene el Estado, pero una escisión en las FAR entre inmovilistas y reformistas sería fatal. La gran duda es Hugo Chávez, que puede reforzar al búnker del régimen a cambio de que todo siga igual.

En una cosa sí están todos de acuerdo: no se puede continuar como hasta ahora. Por eso la renuncia de Fidel Castro es la señal inequívoca de que ha comenzado el futuro.

Publicado en Diario de Navarra 24 de febrero de 2008

Así que pasen diez años


La Habana, 20 de enero de 1998. Las calles ardían con la inminente llegada de Juan Pablo II y en el aire flotaban el optimismo, los nervios, las conjeturas. Eran días de alegría contenida, históricos e inciertos, de ansiedad a flor de piel y el mundo a la expectativa. Eran vísperas de un encuentro impagable para la prensa internacional: el pontífice que tumbó al comunismo frente al comandante que lo mantenía en pie –contra viento y marea y Estados Unidos– en una isla antillana. Eran días de esperanza.

Los cubanos, reyes indiscutibles del choteo, decían que el Papa viajaba a Cuba por tres razones: visitar al Diablo, conocer el infierno y comprobar cómo se vive de milagro. Mirta, una monja cubana con experiencia en revoluciones, aseguraba: “No sé que milagros traerá este viaje, pero me bastan los que veo en los últimos días”. El más sorprendente saber que Fidel animaba “a todos los cubanos, incluso del Partido” a asistir a las eucaristías que iban a celebrarse por todo el país. ¿Demencia senil? ¿Humor negro? La maniobra de Castro quería impedir que los actos religiosos fueran altavoces para los descontentos y, de paso, evitar que el número de asistentes se tomara como un apoyo expreso a la Iglesia católica.

“Dentro de diez años todo habrá cambiado. No lo dude, compay”, predecía Arsenio, un viejo negro –casi azul– de la quinta de Matusalén. Arsenio se ganaba la vida vendiendo fruta con un carretón por las calles de Santiago de Cuba, capital emocional de la isla larga. “Diez años. Pa’ entonces ya yo habré cantado el manisero, pero usted –me decía– aún será joven y lo verá. Pa’ entonces ni comandante ni revolución ni ná de ná. Todos pa’l carajo.” El negro Arsenio tenía ese anhelo, quería creer, harto de pasar trabajo y malvivir con 150 pesos al mes, que entonces eran 6 dólares. Seis. Al mes. Es decir, miseria.

Sin embargo, Arsenio el adivino se equivocó. Como casi todos desde 1959. La década fijada se ha esfumado y poco ha cambiado en Cuba. El régimen estalinista sigue a flote, sostenido ahora por Chávez y un petróleo (cien mil barriles diarios) de saldo. Fidel aparece y desaparece en los medios de comunicación como si fuera su propio fantasma y sólo Raúl Castro sonríe: Fidel le ha dejado el país en herencia.

Los cubanos, entre tanto, siguen atados a una dictadura perpetua y Cuba continúa sin abrirse al mundo. Es más, Cuba no ha querido siquiera abrirse a Cuba, a la Cuba profunda que no sale en la televisión, la que no tiene acceso a las divisas ni a las medicinas. La Cuba deprimida de Contramaestre, Morón o Bahía Honda. La que se queda sin luz o transporte. La Cuba con escuelas rurales, pero sin maestros, enviados por cientos a Venezuela como moneda que paga el petróleo chavista.

La Cuba sin medios de comunicación, sin acceso a Internet, la que tiene prohibida la entrada en los hoteles para turistas. La Cuba sin más partido que el Partido (Comunista), sin oposición ni futuro. La Cuba del turismo sexual, la de los que viven de sus parientes en el exilio. La Cuba sin libertad, pero con libreta (de racionamiento). La Cuba de los que sólo comen una vez al día y la de los que se echan al mar para ser libres. Una Cuba más real que el socialismo real.
Han pasado diez años, Arsenio, y pa’l carajo –siento decírtelo– sólo se van los de siempre: los cubanos.