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martes, 14 de febrero de 2012

Biblioteca Mundial Digital

La UNESCO ha anunciado en París el lanzamiento de la Biblioteca Mundial Digital (www.wdl.org), un sitio web que reúne mapas, textos, fotos, grabaciones y películas de todas las épocas y que explica en siete idiomas las joyas culturales de todas las bibliotecas del planeta.


El coordinador del proyecto, Abdelaziz Abid, ha confirmado que WDL ofrecerá documentos "con valor de patrimonio, que permitirán apreciar y conocer mejor las culturas del mundo en idiomas diferentes: español, inglés, francés, ruso, portugués. chino y árabe". Además de los citados, hay documentos on line en otros 50 idiomas.


Entre los documentos más antiguos hay códices precolombinos o los primeros mapas de América, dibujados por Diego Gutiérrez para la Corona Española en 1562. Los tesoros incluyen el Hyakumanto darani (documento japonés del año 764 y considerado el primer texto impreso de la historia) o trabajos de científicos árabes medievales que desvelan los inicios del álgebra; la Biblia de Gutenberg o la Declaración de Independencia de los EEUU. 


Cada joya de la cultura universal aparece acompañada de una breve explicación de su contenido y su significado. Los documentos fueron escaneados e incorporados en su idioma original, pero las explicaciones aparecen en siete lenguas, entre ellas, el español
 

La biblioteca comienza con unos 1.200 documentos, pero ha sido pensada  para recibir un número ilimitado de textos, grabados, mapas, fotografías e ilustraciones. 
El acceso es gratuito y los usuarios pueden ingresar directamente por la Web, sin necesidad de registrarse. Permite al internauta orientar su búsqueda por épocas, zonas geográficas, tipo de documento e institución.

Dos regiones del mundo están particularmente bien representadas: América Latina y Medio Oriente. Eso se debe a la activa participación de la Biblioteca Nacional de Brasil, la biblioteca Alejandrina de Egipto y la Universidad Rey Abdulá de Arabia Saudita.

martes, 26 de julio de 2011

Hijo del dios Pan

Fernando Arrabal es un genio. Uno de los pocos que está vivo. Un filósofo, un dramaturgo de éxito, polémico escritor y cineasta sur-real y/o neo-dadá. Por vía creadora es hermano de Dalí y Ionesco, de Mihura y Breton. Ménage à quatre. Eso por lo menos.

Lo demostró una vez más ayer lunes en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real, ¡ah! La Mancha surrealista y, por tanto, quijotesca) al considerar que "la dramaturgia, la sensibilidad, está en crisis" porque "es más fácil tomar tigres que calamares". Fue en una conferencia sobre "Los avatares de la modernidad en el milenio" (¡el milenio! ¡el milenarismo! ¡cojones ya!) en las jornadas literaria Nuevos cauces de la literatura y el arte que organizaba la asociación cultural "Luciérnaga".

A la invitación de esta pequeña entidad respondió por escrito Arrabal: "Encantado por la prestigiosa convocatoria de la Ilustrísima Luciérnaga. Desde París, Fernando Arrabal confirma su asistencia pluscuamperfectamente (en Quevedo y Faustroll) siempre que el dios Pan le preste vida." ¡Qué inaprensible el pequeño dios Pan! El Fauno romano, divinidad de la sexualidad masculina desenfrenada e irascible, peligroso si se le despertaba de sus siestas legendarias. Como a Arrabal, siempre de mala leche si se invaden sus sueños vespertinos y que considera la sexualidad una "perra lúbrica" que nos empuja a "gusanear en relaciones sexuales desprovistas de amor".

Su disertación en Villanueva de los Infantes estuvo precedida por la proyección del documental  El arte de ser Arrabal, que lleva ocho meses en cines de París. En España preferimos Torrente. El cofundador del Movimiento Pánico se definió como el único superviviente de los avatares de la modernidad y aseguró que los dos "fallos más horribles" de su excitante vida habían sido la ocupación del Colegio de España en París e "intentar matar a Franco". 

El general gallego hacía honor a ambas cosas y ordenó incluir a Arrabal entre los 5 hombres más peligrosos de España. Esos 5 eran en realidad 4 porque Pasionaria estaba en ese grupo, viuda negra del comunismo, junto al inmortal Carrillo, Líster y El Campesino.

Arrabal aseguró que "vive muy bien" y que "tendría que tener cuatro vidas" para poder hacer frente a todas las invitaciones que tiene en distintos países. Incluso España y Corea del Norte. También confesó que su gran novela, "su libro total" lo publicarán sus herederos, si es que algún día los tiene. "Es mi recuerdo de todo y no puedo publicarla ahora porque son capaces de humillarme con uno de esos premios de pandereta que dan ellos. No quiero recibir dinero ni honores. Quiero recibir el honor de mi amada y de mis amigos..." concluyó.

Su momento de gloria española fue en un programa de TVE en 1989 al que le invitó Sánchez-Dragó. El gran Arrabal lo considera un "instante de transmutación báquica, anárquica y creativa. Un rayo de astrofísica inspiración divina". Una cogorza, vamos. De campeonato y en directo. Sublime.

jueves, 24 de febrero de 2011

Cadáveres exquisitos

Durante sus años en la Universitaria de Madrid
Estación de Atocha, una tarde reciente. Llego apurado, pero no tanto como para saltarme la preceptiva visita a la librería. En mis oídos resuena la recomendación de Pablo Hispán (historiador, zahorí y otras muchas cosas que me callo): "Cómprate el libro de Aguirre".

Pese a estar en Madrid y venir el consejo de quien venía, Aguirre no era Esperanza. Ni siquiera Lope de Aguirre, la cólera de Dios, rebelde conquistador que se enfrentó a Felipe el II como lo que era: un castellano de Oñate.

El Aguirre que me ocupa es Jesús Aguirre Ortiz de Zárate, un personaje sublime, aristo-ácrata de la mejor especie. El cura Aguirre, tan aficionado a hacerse pasar por jesuita. El que confesó, casó y bautizó gran parte de la izquierda española antes de colgar su vocación de una percha y convertirse en un intelectual abajofirmante de pañuelo fucsia y zapatos italianos. 

Aguirre el bastardo, el viperino, el dandy enamorado de Oscar Wilde. Aguirre el seductor y pirotécnico. Aguirre el trepador, mezcla de enredadera y reptil. De sangre fría, bien sûr. El sospechoso fan de Ruano y Amarguren, el políglota aficionado a las lenguas, sobre todo masculinas, ya sean el francés o el griego. Aguirre el discípulo de Ratzinger en Múnich y capellán de la Universitaria en Madrid. El maestro de ceremonias en Bocaccio hasta ser director general con la UCD (¡qué verguenza!) o miembro de la RAE o director de la legendaria Taurus, editorial con cuernos.

Con pipa a lo Sartre, pero sin ojo perdido
Aguirre diletante. Aguirre snob en sentido literal: Sine Nobilitate. Mordaz conversador y culto hombre de letras (también letras de cambio). Pagado de sí mismo y, al tiempo, indefenso y atormentado por su origen, hambreando cariño. Bonjour Tristesse. 

Aguirre, en fin, en la Corte de los Milagros: amigo del Rey, yerno del duque muerto  y duque él mismo por vía seminal (si es que la hubo) gracias a los caprichos de Cayetana, la de Alba, reina del papel couché y Grande de España. Una, grande y libre. Libre de todo convencionalismo: "Jesús es el único hombre al que he querido de verdad".

Ahora nos lo resucita Manuel Vicent en una deliciosa crónica biográfica (deliciosa y caníbal) titulada Aguirre, el Magnífico (Alfaguara), que por momentos recuerda a las Fabulosas narraciones por historias, también antropófagas, de Orejudo.

Según El País, ese faro de 1976 encendido a medias entre Occidente y el franquismo sociológico (Cebrián y Polanco con Ortega Spottorno como coartada liberal, pero no lo suficiente): "Aguirre fue uno de los personajes más peculiares e interesantes del mundo de la religión, la cultura y la aristocracia del pasado siglo. De hecho, el nuevo título de Vicent –que lleva el subtítulo Retablo ibérico– trasciende lo meramente biográfico para pergeñar una visión colectiva de la España y las gentes de la cultura que cubren el abanico cronológico y vital de Jesús Aguirre, es decir, los dos últimos tercios del siglo XX". 

Cayetana y Jesús, un amor desinteresado
Confieso que lo he leído con gusto, morbo y algo de malicia, porque Vicent escribe como los ángeles. Poco importa que sea sobre Fraga y su traje de baño antinuclear en Palomares o García Hortelano en plena traducción etílica de Boris Vian. Le saludo, maestro Vicent.

Duque de Alba hasta el fin, Jesús Aguirre murió como había vivido: solo. Aislado en su torre de marfil, y encadenado por su ambición montañesa a los personajes de su vida irrepetible (cura, intelectual o noble), incluso cuando recorría el pasillo lóbrego que separaba su cama del baño en el decadente y tapizado Palacio de Liria.

Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, Grande de España, de una España en la que no eras nadie sino leías Le Nouvel Observateur, te reías de los chistes de Perich y deseabas a la mujer de tu mejor amigo. Requiescant in pace ten years later.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Miguel Hernández no descansa

El poeta Miguel Hernández vuelve a los medios estos días por una cuestión judicial: la reclamación de su familia para poder recurrir la sentencia de muerte de 1940 contra Hernández, que fue conmutada por 30 años de cárcel. El poeta murió en la cárcel dos años más tarde. Hoy el Tribunal Supremo ha rechazado la petición al considerar que ya quedó anulada con la Ley de Memoria Histórica, que declaró este tipo de condenas opuestas a Derecho.

La vida de Miguel Hernández es conmovedora. Nacido en Orihuela (Alicante) en 1910 en una familia católica. Su padre era tratante de cabras y tenía una buena posición económica, así que Miguel fue escolarizado desde los 5 años. Siempre en colegios católicos, incluido el jesuita de Santo Domingo, donde llegaron a ofrecerle una beca de estudios, que su padre rechazó. Miguel amaba el campo y fue pastor, más por el deseo de liberarse de su severo padre que por necesidad económica.

La izquierda cultural cuenta esta historia de otro modo e inventa una romántica y falsa biografía del niño pastor explotado y autodidacto. Sin embargo, su descubridor fue el canónigo Luis Almarcha, que le prestaba libros de Verlaine, Juan de la Cruz o Miró. Al tiempo, el joven Miguel pasó a formar parte de un grupo poético en el que hizo una gran amistad con el abogado derechista y católico José Marín, más conocido en el mundo literario como Ramón Sijé, que durante años le ayudó económicamente. Sin embargo, fue el cura Almarcha el que pagó las 425 pesetas que costó la impresión en 1933 de los primeros 300 ejemplares de Perito en lunas, uno de los libros más hermosos de Hernández

En el frente durante una arenga
De Orihuela se trasládó a Madrid, donde contactó con otros poetas y escritores, entre ellos los comunistas Pablo Neruda (que reconoció su talento de inmediato, pero que se reía de él por su tosquedad y timidez) y Rafael Alberti, en este caso porque Hernández cautivó, es un decir, a la pintora Maruja Mallo mientras ésta era pareja, inestable eso sí, de Alberti. El marinero en tierra nunca perdonó a su compañero de oficio los cuernos que le regaló y sin excesiva imaginación comenzó a llamarle "el pastor panocho", aunque no era murciano sino alicantino.

De esa época procede también su amistad con José María de Cossío, ferviente derechista y gran difusor de la obra de Hernández. También le contrató como redactor de su magna obra Los Toros. Gracias a ese trabajo (por el que no iba mucho), Miguel Hernández pudo dedicarse a escribir y frecuentar los ambientes bohemios del Madrid republicano, en los que siempre fue un extraño. Él estaba más cómodo en el monte, con las cabras y el viento, pero no quería volver a Orihuela porque su padre, que no entendía sus "debilidades políticas", le consideraba acomplejado e influenciable.

Hernández vivía casi siempre en la miseria y tuvo que afrontar el fusilamiento de su suegro, el guardia civil Manuel Manresa, otro católico integral, por milicianos republicanos. Sin embargo, Miguel era un hombre de ideales y abrazó el comunismo. Lo hizo acríticamente, de manera superficial y sin mucho sentido teórico, empujado como muchos otros por las injusticias sociales y el tradicionalismo de una gran parte de la Iglesia católica perseguida ya con saña por anarquistas, socialistas y comunistas.

En 1939 fue detenido y encarcelado, pero un cardenal medió por él a instancias de Neruda y le liberaron. Sin embargo, su inexplicable resentimiento anticlerical le alejó definitivamente de sus amigos católicos, aunque no de Dios. Poco tiempo después fue detenido de nuevo y condenado a muerte, pero Cossío y Almarcha (más tarde obispo de León) lideraron un grupo de presión ante el mismo Franco y le conmutaron la pena. Murió de tuberculosis en la enfermería de la prisión de Alicante en 1942.

Las biografías recientes, sobre todo actualizadas en 2010 con ocasión del centenario de su nacimiento, oscurecen a sabiendas la ayuda humana y espiritual que Hernández recibió de los católicos durante toda su vida. 

De hecho, menos de un mes antes de morir se casó por la Iglesia en la cárcel. Los historiadores de izquierdas lo atribuyen a un indemostrable deseo del poeta de satisfacer a su mujer, Josefina Manresa, su Beatriz particular, con la que tuvo dos hijos.

Precisamente son los descendientes de uno de ellos los que se empeñan en remover la tierra en la que descansa (o eso intenta) su ilustre antepasado, Miguel Hernández, convertido ya en otro ejemplo de manipulación histórica... y empecinamiento familiar.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

O God! O Brother!

Pocos momentos tan inolvidables nos ha deparado el cine americano como esta interpretación de Clooney, Nelson y Turturro en una de las grandes películas del siglo XX, O Brother!, de John (director) e Ethan (guionista)  Coen. 

Man of Constant Sorrow resume todo el vitalismo, el humor y la originalidad de una historia fantástica -en todos los sentidos- inspirada, con muchas licencias, en La Odisea de Homero, pero traspuesta al Mississippi de la década de 1930.

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago está con Dios

Ha fallecido José Saramago, escritor profundo, provocador nato y premio Nobel de Literatura al que la Iglesia católica calificó en su día como "comunista recalcitrante". Con razón.

Saramago sufría de ateísmo, pero no en silencio:

«No creo en Dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la Historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen los unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona. Nuestra única defensa contra la muerte es el amor, pero no me preocupa la muerte porque me disolveré en la nada».

Así que me gustaría mucho ver ahora su cara. Digo ahora porque es cuando estará con Dios, si es que la misericordia divina funciona.Yo quiero creer que sí.

viernes, 29 de mayo de 2009

Poeta en Belagua


Una docena de años más tarde volvió el poeta a Belagua. También yo con él, advertido por la tinta verde del Vida Universitaria. Nos cruzamos en el pasillo y, debo confesarlo, no lo reconocí. Aún mantenía en mi memoria la barba poblada y negra de antaño, los ojos pequeños y sutiles, acostumbrados a los atardeceres de Granada. Pero el tiempo amarillo de otro Miguel le ha regalado cierto porte de senador romano (algo que sin duda habrá alegrado a su padre, Álvaro, allá en el Cielo con Dios) aunque él preferiría ser sargento del 7º de Caballería.

Del br
azo del poeta, sin él adivinarlo, llegó una legión de recuerdos con nombre propio (Isaías, Nacho, Javier) y apellidos que les ahorro. Todos en la marca de los veinte. Intrépidos, leales por igual a sí mismos y a la efímera belleza del Parnaso. Alevines de poeta que nunca escribieron, ladrones de versos a mayor gloria de Miguel d’Ors. “El lunes es el nombre de la lluvia…”.

Lo recibimos sentados y expectantes, como se aguarda a un miura en las tardes rojas de julio. No recordaba su voz, pero con sus palabras brotó la melancolía –vieja amiga de humo y mélanges en el Vienés de la Taconera– y decidió quedarse el resto de la noche flotando en el aire.

Justo entonces se arrancó a recitar sus poemas o, más bien, poesías y viajé otra vez a lugares que desconozco, pero en los que he estado mil veces: el río Almofrey con sus zarzas y mirlos; la bajamar de Saint-Malo; los olmos goteantes de Castle Hill. Charlé de nuevo con J. Caramés sobre el arte fotográfico mientras Charlie Parker volaba con su saxo y jugué, ¡cómo olvidarlo!, con Amandiño, bucanero de siete años. Llegué, incluso, a compartir café con el tío Atilano en las mesas del Savoy, mientras su sobrina Pía le vigilaba emboscada en un rincón de la sala.

Me hubiese gustado contarle que su “Curso superior de ignorancia” fue el primer libro que le regalé a una tierna compañera de apuntes. Pensaba yo que la rapaza, gallega etérea, apreciaría la lira de un paisano… Pero me equivoqué y creo recordar que me disculpé por sufrir tales inclinaciones. El fracaso se vio reforzado, poco después, cuando otro barbiluengo profesor decidió que la Lógica era una materia demasiado noble para yo la profanara. Resultado: suspenso y a septiembre. ¿Su nombre? Ángel d’Ors. Estaba visto que esa familia sólo me deparaba fracasos, único modo conocido de aprender algo que merezca la pena.

Me hubiese gustado agradecerle, ¡vaya si me hubiese gustado!, que sus libros marcaran nuestros años universitarios, que sus versos sirvieron para intentar la conquista de alguna mujer (aunque no fuera de Ipanema), que el
Mateus Rosé nos parecía Vega Sicilia y que si hoy existen Sánchez-Rosillo, Marzal o Insausti es gracias a su “Punto y aparte”, campanada siempre presente.

El auditorio que le arropó era un trasunto del mismo que fue capaz, marzo de 1993, de llenar el Nuevo Casino para escucharle. Llovía, claro, igual que esta vez. Estudiantes de Filología, escritores en ciernes, proyectos aún por definir. Ellas con el secreto deleite de haber descubierto la sala de estar de Belagua, ellos engallados por el abandono, siquiera momentáneo, de Messis y Ronaldos, aunque sean cristianos. Artistas también, pero artistas menores.

Todo esto lo ignora el poeta, migueld’ors hasta la médula. Pero quizá sí adivina que nuestra voluntaria atadura a un escalafón y a un horario es más llevadero con su duende. Incluso para aquellos ¡qué vergüenza!, ya calvos y por fin diputados. Esas son, como bien ha dejado escrito, las ironías de la vida cuando viene tan malintencionada que parece la vida.


Al final, la verdadera felicidad es descubrir que no somos felices y que no nos importe.

lunes, 11 de mayo de 2009

Venezuela sin libros

¿Qué relación pueden tener con Venezuela Antoine Saint-Exupéry o Alfred Hitchcock? A primera vista, nada. Pero como Hugo Chávez es capaz de todo resulta que libros de éstos (y otros autores, como Arturo Uslar Pietri o George Orwell) están desapareciendo de las bibliotecas públicas de la república bolivariana de Venezuela.

¿Los motivos? Los de siempre
. "Nos han dicho que son lecturas inconvenientes porque exaltan los valores capitalistas o fomentan los deseos de viajar. Así que tenemos que retirarlos de los anaqueles", según fuentes de El Universal de Caracas, que no han querido identificarse por miedo a represalias. Como lo cuento.

La explicación oficial es que los libros retirados tienen polilla u hongos y son peligrosos para la salud pública. A lo mejor sí, digo yo. Pero para la salud mental son esenciales, imprescindibles, capitales. No hay verdadera niñez sin El Principito ni adolescencia sin Los tres investigadores de Hitchcock.

Según Miriam Hermoso, actual directora del Instituto Autónomo de Bibliotecas del estado Miranda, "Eliminaron de los estantes aquellos textos relacionados con el imperio estadounidense [...] para ser sustituidos por libros sobre la vida y hazañas del Che Guevara''.

El episodio más reciente de lo que el régimen chavista llama desincorporación fue denunciado esta semana por Virginia Betancourt, ex directora general de la Biblioteca Nacional. "Me parece un poco exótico que todos [los libros] tengan hongos. En ningún país del mundo se ha dado, a menos que haya habido una inundación o una catástrofe, que en circunstancias regulares un número tan alto de libros se deteriore o llene de hongos simultáneamente. Eso simplemente no ha sucedido'', indicó refiriéndose a la purga de 65.000 volúmenes en varias bibliotecas públicas del país, en una entrevista con el diario El Universal.

Venezuela gira a la izquierda y en su cambio de sentido atropella a la cultura. Otros dictadores lo hicieron antes: Lenin, Hitler, Fidel Castro.

jueves, 23 de abril de 2009

Día de los libros

Hoy es el Día del Libro, San Jorge/Sant Jordi, fiesta de la lengua castellana, que me gusta más cuando se llama española.

Dicen que fue un
23 de abril cuando murieron Cervantes y Shakespeare, cada uno en su año. Vaya usted a saber.

Pero si fuera cierto y eso sirviera para que alguien, en algún lugar, comprara y leyera un libro, o fuera a la biblioteca municipal o, incluso, lo robara impulsado por el hambre (
hurto famélico, nos decían en Derecho Penal)... si este 23 de abril sirviera para eso, ya habría merecido la pena celebrarlo.

Por mi cuenta y riesgo hoy me he comprado un libro. Se titula
fcom: 50 años preparando el futuro (para ver un adelanto del contenido puedes pinchar aquí) y recoge el medio siglo de vida de la primera facultad de periodismo de España, la de la Universidad de Navarra.

Precisamente ayer se presentó en la Asociación de la Prensa de Madrid con gran afluencia de público y ponentes de primera: Antonio Fontán (su primer decano y en 1977 primer presidente del Congreso democrático español), Iñaki Gabilondo o Covadonga O'Shea.

Y ya que Obama habla de sus hijas, y ZP habla de sus hijas y Rajoy tiene en su cabeza a una niña (que bien pudiera ser la del exorcista), yo también me pongo hortera y hablo de mi hija mayor, Graciela, que mientras escribo estas letras me llama por teléfono para decirme que ha oído en la tele que hoy hay que comprar un libro por ser el Dia del Libro. Y que quiere el tomo IV de Torres de Malory
, de la legendaria Enid Blyton.

Seguro que estaba viendo La 2. ¿O no?

jueves, 11 de diciembre de 2008

Son sólo negocios

Me confieso incondicional absoluto de la saga mafiosa El Padrino que, desde hace años, veo regularmente, sobre todo la primera y segunda parte. Me sé de memoria algunos diálogos y, siempre que puedo, hago proselitismo.

He viajado a Sicilia para pisar las calles de Corleone, Prizzi y Castelmmare del Golfo, pueblos de cine, nombres legendarios. De paso, visité la casa de Pirandello en Agrigento y otros tesoros enormes de la Magna Grecia, de Selinunte a Siracusa, porque la experiencia de atravesar de norte a sur la isla, en coche y con silencio atronador es inolvidable.

Con Pedro Furundarena y José Luís de Cea he charlado durante horas sobre la omertá, las luparas y cualquier variante de crimen organizado italiano: Cosa Nostra, N'drangheta, Sacra Corona Unita o la Camorra. He visto Los Soprano, Uno de los nuestros, Una historia del Bronx, Scarface, Casino, Los intocables de Eliot Ness, El enemigo público, Gangs of New York, Donnie Brasco, Una terapia peligrosa y cualquier otra serie o película que tocara de refilón el tema, ya fuera para reírse o para llorar.

Nombres como Meyer Lansky, Santos Trafficante, Joe Masseria, Vito Genovese, Mad Dog Cole, Lucky Luciano, Al Capone, Salvatore Maranzano, Joe Bonano, Dutch Schulz, Totó Riina o Bernardo "el tractor" Provenzano me resultan más familiares que, por ejemplo, mis políticos locales, de los que no digo yo que sean mafiosi.

Sin embargo, no había visto nada comparable a GOMORRA, la película que relata la vida real en la Camorra napolitana, sus manejos, su estética cutre y hortera, su nihilismo.

El libro de Saviano del mismo título me lo devoraré esta Navidad y pasará con honores a compartir librería con John Dickie y su esencial Historia de la mafia siciliana, Norman Lewis y The Sicilian Mafia Observed y El día de la lechuza de Leonardo Sciascia, que también era de Agrigento.

La película de Garrone -que me he resistido a ver hasta el último momento- deja un sabor amargo y una tristeza oscura que despoja al crimen organizado de épica cinematográfica y diálogos de tragedia mediterránea.

Y, lo que es peor/mejor, pone también sobre nuestras conciencias la dura sospecha de
que el Sistema no es algo lejano y extraño, sino cotidiano y familiar, una cosa nostra que nos rodea y pone a prueba todo lo bueno y honorable de la civilización occidental.

viernes, 3 de octubre de 2008

Cuba, enfermedad incurable

¡Ha resucitado Guillermo Cabrera Infante!. Maestro y modelo aunque odiara serlo. Lo hace de la mano de su viuda, Miriam Gómez, que ha tenido que recurrir a la piedra Rosetta para descrifrar la letra espinosa de los manuscritos de su marido. Nace así La ninfa inconstante (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), novela que llega del más allá firmada por el genio cubano de las letras, príncipe en las Asturias de Oviedo. Y esta noticia me impulsa a resucitar -yo también- una elegía a Cabrera Infante llorada con tinta azul un 21 de febrero de 2005, fecha triste de su muerte.

Escribo este lamento desde un recodo de mi vida, en esa edad indefinida en la que empiezan a llamarte “señor” aunque sea un tratamiento de burgués contrarrevolucionario.

Nací, llorado Guillermo, cuando ya vivías en un país llamado Exilio, capital Miami. Ignoro si también Madrid y Londres. Poco importa. Entonces eras ya un desterrado, un guajiro/War Hero de Gibara, un cubiche sin Cuba, un criollo con bigotes de médico chino. En la concreta, un cubano maldito, que hoy viene a ser lo mismo que un maldito cubano. O más bien un cubano que siempre estaba en Cuba, ya fuese con la memoria, con la lengua de acero o con el puro humo de un tabacón elevándose ante tus espejuelos trostkistas (el humo, no el tabacón).

Por mis venas, así lo quiero, corre tu sangre de cabrerainfante hasta la médula. Me la inyectaron hace mucho tiempo en dosis sucesivas y crecientes. La primera vez con cuatro o cinco años. El hechicero fue mi abuelo Joaquín, un emigrante español sigiloso y plateado que llegó a La Habana en 1908. Era apenas un niño, pero nadie quiso a Cuba más que él.

Tengo algunos recuerdos de aquella primera transfusión, que fue más bien un viaje a través de las palabras. Conservo en paño de Bruselas la frase mágica que nos repetía a la menor oportunidad, la prueba irrefutable de que había vivido en el edén. “Era una tierra que daba tres cosechas al año”. Eso sólo puede suceder en el paraíso. Recuerdo también que me decía de “usted” a pesar de sufrir yo un analfabetismo en tratamiento jesuítico. Y la seriedad con que nos juraba que la mejor fabada del mundo se comía en La Zaragozana, inmortal restorán de la Habana Vieja en el que entonces reinaba una cocinera de Ribadesella. Le creí ayer y sigo haciéndolo hoy.

En aquel primer viaje -¡cómo olvidarlo!- me paseó por Prado en un Ford del 31 que le había costado 2.000 pesos y dormí en el Libertad, calle Aguilera, el hotel de sus visitas a Santiago para vender las sopas Cuba-Cataluña. Porque así le hechizó la Isla: rodando por la Carretera Central con un muestrario de viajante bajo el brazo. Solo. Tenaz como el orbayu. Feliz de ver el sol cada día y de olvidar para siempre las nieves de su Tineo natal, allá en Asturias.

Con él conocí el helado de sapote que hacían los chinos y también el Bar Delirio, timbiriche de La Víbora en el que apuraba sus dedalitos con anís al grito de “Mesero, café con felicidad”. Ahí es nada, ponían la felicidad en los bares. De su mano aprendí que el tocororo era el pájaro nacional, que la ropavieja se comía y que el Caribe y el Cantábrico eran dos mares del mismo océano. Algo más tarde descubrí que los habaneros (¡oh prodigio!) no se morían, se ñampeaban. O, más divertido aún, cantaban el manisero. “Caserita no te acuestes a dormir / sin comerte un cucurucho de maní / Manisero se va”. Se va. Se va.

En Cuba, si eras pacífico, vivías cien años. Si trabajabas duro, salías adelante. Si eras lindo gozabas con la tumbadera. Porque, eso sí, las cubanas eran las mujeres más bellas que ojos humanos vieron. Daba igual que fuesen blancas, negras o amarillas. Eran unas hembras del diablo que bailaban como brujas. “Donde esté una cubana que se quiten diez españolas”, juró un 20 de mayo mientras mi abuela ponía cara de nuez, tan seria y católica ella.

Ese viaje del que te hablo, querido Caín, fue muy cómodo. Lo hice sentado en sus rodillas sin moverme del sofá de su casa y se repitió regularmente hasta que mi abuelo murió. Para entonces el mayoral de Birán llevaba un cuarto de siglo señoreando la hacienda con látigo de fuego. De fuego y de plomo versión calibre 30,06 de punta hueca. Pero la semilla ya estaba plantada y sólo era cuestión de encontrar un jardinero paciente que la cuidase. Por eso empecé a buscar otros magos que me revelasen la lista de milagros pendientes de esa isla mágica que en realidad son mil islas.

Así conocí a Eliseo Diego, que me presentó a Wilfredo Lam, que me presentó a Lezama Lima, que a su vez me presentó a Pepín Rivero una tarde de abril en el Diario de la Marina. Fue Pepín el que se empeñó en que leyera a Mañach y con él me aficioné a Portell Vilá y sus historias. Portell me llevó a un mundo nuevo en el que vivían Bacardí, Santovenia y Ortíz. Disfruté mucho con los intelectuales –lo confieso sin pena–, pero con ellos la cubanía estaba un poco disecada. Bella, pero fría. Y eso no puede ser en una tierra que se desparrama con el calor, una isla en la que las hormonas explotan sin previo aviso, un territorio de aguaceros indómitos. ¡Qué país, carajo!

Por eso comencé a oír viejos discos de María Teresa Vera, una dama de otros tiempos. Aparecieron sus canciones en el fondo de un arcón, mezclados con fotografías en la playa de Boca Ciega y algún número amarillo de Carteles. El semanario nacional. Otras diosas llegaron más tarde, pero me quedo con la única posible: Rita Montaner (y, si me dejas, con Lupe Yolí, huracán ya olvidado).

Sin embargo el eco de aquellas tardes cubanas recuperó su esplendor con tu vista del amanecer en el trópico. Me la descubrió una santiaguera firme y culta. Otra enamorada de su patria que vivió medio siglo dentro y lleva medio siglo fuera. Sólo físicamente, eso te lo concedo. Su alma sigue paseando lúcida cada mañana por Vista Alegre y recorriendo ese mundo del brazo de su Danielito, que ahora descansa entre las palmas de un camposanto más bello que el de Santa Ifigenia. “Si quiere conocer de verdad lo que era Cuba”, me disparó a quemarropa, “tiene que leer a Cabrera Infante”. Y ahí mismitico me mató.

El veneno vino (que no vino venenoso) con los tres tristes tigres, galería de voces en habanero que yo oía –¿o quizá leía?– de noche y con las que luego soñaba previo permiso de mi esposa, cubana por vía materna (la maldición, como ves, seguía su curso y yo me dejaba arrastrar con gozo). Tus tristes y atigrados vividores, Guillermo, son una provocación constante, un pase al patio de butacas de la imaginación, de la risa, de la ternura, pero también a un subterráneo y furtivo pudor para nombrar lo innombrable, que es la derrota.

En mis sueños yo era Silvestre en los bajos fondos de La Habana; Arsenio Cué manejando por el Malecón en un viaje sentimental a ninguna parte; Códac el fotógrafo, siempre en la lucha por no olvidarse su cámara. A veces, fíjate bien, tuve la suerte de convertirme en La Estrella, monstruoso bolero a capella en cualquier timbeque regado de ron. He de reconocer que la negra era el papel que más me gustaba, desmesurada y excesiva como sólo ella sabe serlo. ¿Debo psicoanalizarme? Creo que no. Al fin y al cabo sólo soy un lector vulgar, el ingenuo Common Reader que se permite el lujo de no entender diálogos enteros y, sin embargo, comprenderlos hasta la última palabra. Es una ventaja que les llevo a críticos y profesores universitarios, insuperable tribu capaz de ver la Luna y acordarse de Baudelaire en vez de disfrutar de la Luna. Simplemente la Luna. Allá ellos.

De ahí p’alante todo fue un cuestabajo. Salté a Mea Cuba y visité al infante difunto en el cementerio de Colón. Entonces me convencí de que eras un genio, una especie en extinción, un fugitivo del lenguaje perseguido por intelectuales a sueldo, lacayos del comandante que eran lacayos de Stalin que son otra-vez-y-la-misma-vez lacayos del comandante. ¡Qué importa!

Algún día las enciclopedias recogerán una voz que diga: “Castro, Fidel. Dictador cubano contemporáneo de Guillermo Cabrera Infante”. A él le dolerá más lo de contemporáneo tuyo que lo de dictador. ¿O no? Así se escribe la Historia cainita: poniendo a cada uno –como Cervantes al elegirte discípulo– en su sitio. El tuyo que sea en Zulueta 405 con Carlos Franqui de inquilino y la materna/maternal disyuntiva: “¿Cine o sardina?”. Cine. Siempre cine. Más cine por favor.

Para siempre conservo tu enseñanza suprema, admirado-imitado-llorado Guillermo Cabrera Infante, aquella que asegura que ser cubano es llevar a Cuba con uno a todas partes. Ser cubano es tener siempre a Cuba en la memoria. Como una música apenas audible, pero persistente. Como una rara visión que sólo el corazón descubre. Porque Cuba es un paraíso del que nos expulsaron pero al que siempre estamos intentando volver. Por eso soy cubano.

Porque me da la gana. Carajo.

miércoles, 25 de junio de 2008

Mudanza

Íñigo de Loyola, que era un santo cojo, recomendaba no hacer mudanza en tiempo de desolación. La sabiduría del consejo demuestra lo bien que conocía el alma humana el benjamín de los Loyola, que era el trece de trece hermanos. Quizá por ser el último fue el primero en tantas cosas, sobre todo en las cosas de Dios.

Así que me sorprendió ver a San Ignacio compartiendo caja con el salvaje de Pascual Duarte, mientras Ana Ozores les contaba las penurias de su matrimonio con el Regente. O al descubrir que Florentino Ariza –eternamente enamorado en los tiempos del cólera– cortejaba a Julieta sin temor a que los Capuleto acabaran con él. Y eso que Bilbo Bolsón, de Bolsón Cerrado, ya había prevenido al colombiano del peligro que supone rondar a una italiana sin permiso de la Familia, principio eterno corroborado por Vito Corleone, que para eso es un padrino siciliano de libro (y cine).

Estos embrollos literarios proceden de un cambio de casa que, si bien no fue hecho en desolación, fue desolador por lo inevitable. Dicen que sólo un divorcio provoca más tensión que una mudanza y, tras superar el tercero (traslado, que no divorcio), puedo confirmarlo.

En esos días de caos vital pasaron por mis ojos un montón de libros. Grandes y pequeños, viejos y nuevos, buenos y malos. Mientras les quitaba el polvo y los empacaba, descubrí que una biografía de Fidel Castro había terminado al lado de Un enemigo del pueblo, de Ibsen. ¿Pura casualidad? ¿Justicia poética? Entonces pensé qué habría ocurrido en Cuba si Fidel hubiera sido fiel. Al menos a sí mismo. Probablemente nada. O quizá sí. Siempre nos quedará la duda y, en su defecto, París.

El caso es que, mientras bajaba los libros a tierra, apareció el Tartufo con sus devociones ridículas acompañado por Maquiavelo, al que las cosas del alma le provocan risa floja. Ambos coincidieron en la puerta del salón con seis personajes en busca de autor y se formó tal atasco que Iván Karamazov, el único silencioso en su infierno interior, no pudo entrar. Entonces le grité al ruso que, al lado, estaba Borges con el buscón llamado Pablos tomando mate mientras esperaban a Cabrera Infante, que venía de Londres con sus tristes y exiliados tigres que, por cierto, eran tres.

Pese a la barahúnda, todos se pusieron de acuerdo en una cosa: quejarse de la mudanza y su horario irritante, de la rudeza de los braceros y del frío que habían pasado a la intemperie. Yo era el culpable y por eso me acusaban con saña de fiscal novato. Así que, ante la avalancha de lamentos, hice lo que pude –que fue más bien nada–: galleguear como si fuera Cunqueiro y jurarles que la nueva casa era luminosa, grande y con librerías amplias.

Al fin y al cabo, eso es lo que ellos quieren: más espacio y ningún expurgo. Los libros son fieles entre sí y los míos aún recuerdan a los que se quedaron por el camino en la última mudanza: Marguerite Duras y su amante, Los pilares de la tierra y otras obras nocivas por su pesimismo. Por ejemplo, La náusea, del triste de Sartre (Jean-Paul), algo que Cioran aún me reprocha con esa acidez tan suya y algo de razón.

Yo, inocente, me defiendo sin pericia y me digo que algo bueno tenían que tener las mudanzas.