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jueves, 28 de enero de 2010

Divine Madness

Sin duda, es uno de los mejores grupos británicos que uno podia oir en los 80. Si los escuchabas, entonces era la leche. Traducir sus letras una excelsa (y divina) locura.

Ignoro porque han vuelto hoy, 28 de enero, Tomas de Aquino para los universitarios españoles. Quiza para recordarnos que no merece la pena tener suenos pequeños, que dos decadas son apenas nada. Sobre todo si se encaran con el animo dispuesto y el alma abierta, siempre, a nuevas aventuras.

La proxima, el 4 de Julio y americana. AMDG.





jueves, 24 de diciembre de 2009

Elija ser feliz

En estos días de frío y villancicos, de ajetreo y luces de neón, vuelve la bendita rutina navideña. Digo bien: bendita. Porque es una bendición volver a tener 6 ó 7 años en el alma y esperar con ilusión de niño –pantalones cortos y frío en los pies– a que venga Dios con una puntualidad que parece suiza o, incluso, japonesa.

Si eres un niño importa poco que Jesucristo naciera el 25 de diciembre o 3 de agosto. Menos aún que los Reyes Magos hayan existido y estén enterrados en la catedral de Colonia. Si quieres volver a ser un niño te da igual que la Navidad comience antes que el Adviento, o que los anuncios le animen a invitar a Papa Noel a cenar por Nochebuena. Allá cada cual con sus costumbres, sobre todo si no son las nuestras.

Al fin y al cabo, la felicidad es una opinión. Por eso Teresa de Calcuta era feliz con los miserables y a nosotros nos cuesta serlo en medio de una abundancia que da un poco de vergüenza. Propia y ajena. Para ser feliz hay que tener los deberes hechos y el alma bien lavada, en seco o a la piedra, eso depende de lo bruto que sea cada uno.

En la prehistoria –es decir, anteayer– las gentes de bien se confesaban por Nochebuena y Pascua (de Resurrección). Al menos dos veces al año, lo mínimo para mantener la caldera interior en buen estado. De otro modo, ya se sabe, el recalentamiento era seguro.

Ahora no. Ahora la Navidad la marcan las cenas de empresa (este año más frugales que nunca, Laus Deo), el cotillón de Fin de Año y los lamentos de la tarjeta de crédito, esa enemiga de toda la vida. A veces, incluso, el intelectual de guardia, posmoderno y por lo tanto amargado, que tiene el detalle de explicarnos que la Navidad es un invento de los curas y los grandes almacenes, ya sea por este orden o a la inversa. Puede también que el aguafiestas sea un actor de los que están de vuelta sin haber ido a ninguna parte o, en el peor de los casos, un cuñado “resabiao” cual vaquilla de verano.

Usted no les haga caso porque hasta los actores son hijos de Dios. No le digo nada de los cuñados. Ahora bien, en ceder ni piense. Elija ser feliz, también en Navidad. Hágalo aunque le toque al lado el jefe del departamento o un camello de la cabalgata. ¡Qué importa! Recuerde a los que fallecieron y ya están en mejor vida, o los que no tienen nada o a los que son tan pobres que sólo tienen dinero. La Navidad sólo viene una vez al año y, si se piensa bien, la alternativa es mucho peor.

Vivir triste o vivir contento es una elección. Hace un par de navidades nadie se alegraba de tener trabajo, pero tras la purga de la economía (y el gobierno) hasta se agradece tener hipoteca. Por eso es tan sano celebrar la Navidad, con zambombas y sidra El Gaitero, famosa en el mundo entero. Con sentido trascendente si es que a uno le solaza el más allá, o con simple sentido del pudor si se queda más acá. Con la mesura que marcan estos tiempos de crisis, crisis mundial que, como todas, es una crisis de santos.

Perdón por la cita, pero tanta felicidad navideña me hace decir tonterías. O no.

Publicado en OSACA, dominical de los periódicos del Diario de Burgos

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Divino Manuel

Poco a poco anochece camino de Belén y, entre sombras, se recorta la figura de María y José. Él camina en silencio agarrado al ronzal del borrico, ella se arrebuja en su capa para no coger frío.

No hablan, apenas se miran. Van recogidos, quizá en oración, cuando descubren en el horizonte la pequeña aldea que es su destino. Son dos judíos de viaje al pueblo de sus mayores para cumplir con la ley de Roma. Una ley ajena, pero que acatan aunque suponga un penoso viaje desde Nazaret. Sobre todo para ella, que está embarazada de muchos meses.

Ya es de noche en Belén. María reza sobre la montura y, susurrando, le dice cosas bonitas al niño que lleva dentro. Tiene miedo y siente paz. Todo al mismo tiempo, así es la vida. Sabe que en unos días, en unas horas quizá, nacerá el Hijo de Dios y ella es su Madre, Inmaculada. Está preparada para acunarle y darle besos, para pasar noches en vela cuidando de Él, el Salvador, el Cristo Jesús.

Mientras ella se deshace en dulzuras, José rumia empeños. Tiene que encontrar posada y todo está a rebosar. Algo mayor que María, José es un varón pacífico y capaz de ganarse el pan con su oficio de carpintero. Pero ahora está lejos de su taller y todo el mundo desconfía de un extraño que, de noche, llama a las puertas.

Una tras otra van llegando las negativas. “Está todo lleno”, “Es muy tarde”, “No hay sitio libre”. La Virgen observa en silencio y un poco triste al verle fracasar. José es bueno y dócil y siempre ha aceptado la voluntad de Dios, aunque no la entienda, aunque otros le inviten a repudiar a su mujer, encinta sin haber conocido varón.

Un herrero les dice que a las afueras de la aldea hay unas grutas donde se resguarda al ganado de la intemperie. Quizá allí encuentren refugio. José agradece el consejo mientras María escucha. Entonces anima a su esposo una vez más. “Vamos al aprisco, José. Será un buen sitio. Nadie nos molestará y el calor de las bestias nos librará del frío”.

José la mira con infinita ternura y siente un fuego interior que le abrasa. “No soy capaz de encontrar ni un jergón miserable”. Ella, mujer al fin, adivina sus pensamientos e insiste. “No te tortures, José. Dios está con nosotros”.

Es cierto. Dios les acompaña desde el principio de los tiempos, desde que los eligió y les dio un nombre. Son hijos suyos, hechos a su imagen y semejanza, escogidos para ser los padres del Mesías, el Redentor, el Ungido. ¿Qué pueden temer?

Con esfuerzo, el asno sube una pequeña loma. Atrás han dejado a unos pastores que les indican el camino a las cuevas. Hace frío y es de noche, pero nada les importa ya. Sólo quieren descansar y esperar al nuevo día, aunque sea entre paja seca y animales. Nada importa. Dios está con ellos. Sólo Dios basta.

Sin darse cuenta, sin ruido de palabras, va a comenzar el hecho más transcendente de la Historia. En realidad, el único acontecimiento verdaderamente histórico. Y será en una remota aldea de cabreros, confines del Imperio, mientras los grandes y los poderosos oprimen a sus pueblos y los aplastan y los tiranizan, ajenos al Dios que llega.

En Belén de Judea el Niño está a punto de nacer. Divino Manuel.


lunes, 22 de diciembre de 2008

Wear Sunscreen!

He recibido una carta de una amigo, que a su vez la había recibido de otro amigo, que a su vez y así hasta 3.746.181 veces. La carta dice:



¡Feliz Navidad! Merry Christmas!

sábado, 14 de junio de 2008

Cosas de Ramón

Hablar de “Ramón” en España es referirse a Gómez de la Serna. “Ramón por antonomasia”, decía nuestro manual de literatura de COU. Entonces había que sacar el diccionario y buscar qué diablos significaba “por antonomasia”, que era una expresión inefable y misteriosa. Si Franco había sido caudillo por la Gracia de Dios, Ramón lo era por antonomasia. O sea, un lío.

La enciclopedia Larousse nos descubrió que
Gómez de la Serna era, entre todos los “ramones” del mundo, el más importante y conocido. Al menos en España, y eso que Los Ramones llevaban ya varios años de punk-rock y conciertos memorables de aullidos y alcohol. Hey! Ho! Let’s go!

Sin embargo, Gómez de la Serna y la banda neoyorquina tenían algo en común: ambos formaban
parte de sus vanguardias. Así que no debería haberme extrañado conocer a otro Ramón y comprobar que también él, a su modo, es un avanzado, un surrealista, un pequeño genio. Nos presentaron a finales de 2001 y en aquel encuentro nada hizo presagiar las tardes de gloria que escondía su capote.

Ramón es flaco y tenaz como un corredor de maratón y tiene unos ojos grandes y negros que se beben la vida a tragos. Él sabe cuando una señal de tráfico está triste y distingue con rara pericia la lluvia mayúscula de la minúscula. Sus silencios son tan elocuentes como sus preguntas, que llegan de improviso y sin anestesia. Como el que no quiere la cosa. Sobre todo los dilemas teológicos, por ejemplo, quién riñe a Dios cuando hace algo mal o si los ángeles juegan al fútbol mejor que Ronaldinho.

Ahora bien, un solo rasgo le define con rara perfección: su galleguismo, que es el modo sabio y complejo de estar en el mundo que tienen los nacidos al oeste del Cebreiro. Lo curioso es que Ramón sólo tiene genes galaicos por vía materna, aunque son tan potentes que han impregnado toda su vida.

Lo comprobé un domingo ya lejano en el campo de fútbol de El Sadar mientras veíamos un Osasuna-Celta. Nuestros asientos estaban en plena grada rojilla, así que los gritos de ánimo de Ramón al equipo vigués terminaron por agitar a los hinchas locales. “Pero, oye, chaval”, le dijeron con ese estilo seco y directo de los navarros, “¿tú de dónde eres?”. Ramón se quedó callado, mirando sus zapatos mientras le daba vueltas a la pregunta. “¿De dónde soy?”, decía por lo bajo una y otra vez. Entonces se arrancó compostelano y talló en el aire una máxima eterna: “Soy gallego…Creo”.

La capacidad de asombrar la confirmó un poco más tarde, cuando le comentaron “Ramón, dicen por ahí que juegas muy bien al fútbol”. Cualquier otro hubiese contestado “Sí”. O “No”. Eso cualquier otro. Ramón, sin embargo, optó una vez más por la fantasía y, enseñando sus dientes de ratón colorao, dijo “¿Por ahí por dónde?”


Su retranca inesperada alcanzó la cima cuando su padre le afeó que no saludara al entrar en casa. Ramón, con cara de notario, informó de una evidencia desconocida para todos. “Yo siempre saludo, lo que pasa es que lo hago por dentro”. Eso. Por dentro. Y su padre, torpe y cartesiano, sin comprenderlo.

Son las cosas de Ramón, fiel escudero de sus dudas, compatriota de Pablo Diablo y Gerónimo Stilton, el ratón periodista, habitante de un mundo de libros y balones. Voluntario eterno para ver otro partido de Rafa Nadal y capaz de hacerse invisible si hay judías verdes para comer.

Benditos seis años, Ramón.

lunes, 2 de junio de 2008

Cada vez que respiras

Hoy se cumplen 25 años de la edición de Synchronicity, el LP más famoso de The Police, grupo inglés que arrasó a finales de los 70 y principios de los 80.

Every Breath You Take era el single de referencia en ese disco, una canción tocada por el éxito desde el primer día. Desde entoces no ha dejado de sonar, es un clásico del pop y forma parte de la banda sonora vital de millones de personas en todo el mundo. Sobre todo para los adolescentes de los 80, cuando no había fiesta sin ella, reina indiscutible de "las lentas", momento mágico de gallear y dar pase de pernocta a los sentimientos. ¡Ah! las lentas.

En 1983 Ronald Reagan era el presidente de los EE UU y la URSS acaba de designar a Yuri Andrópov como nuevo líder comunista. El Muro de Berlín seguía en Berlín (y no como ahora, que está desperdigado en trocitos por medio mundo), Fidel Castro en Cuba (esto sigue igual) y en Afganistán estaban los soviéticos y no los americanos.

Entonces alguien le preguntó a Sting, el líder de The Police, por el sentido de la canción y el englishman in New York nos dejó con la boca abierta. "La letra no tiene nada que ver con el amor" (¡¿cómo?!), "sino que es una canción contra el Estado y el pensamiento del Gran Hermano de Orwell subyace todo el tiempo. En realidad, es una crítica a la vigilancia y el control, un alegato contra el totalitarismo".

Es decir, en plena Guerra Fría y con España humillada en Eurovisión (1983, Remedios Amaya, 0 points) The Police se descolgó con una crítica al totalitarismo. Nadie se había percatado, pero los achuchones que medio mundo se dio con esa canción de fondo fueron históricos.

Creo que, al final, todos salimos ganando.

martes, 11 de marzo de 2008

El Lido en invierno


Venecia es una ciudad distraída y enigmática. Sobre todo en los días desiertos de invierno, cuando resplandece sin arrogancia y su abandono viejo y aristocrático se vuelve irresistible.

Dicen que el nombre de Venecia procede del latín Veni etiam –Ven de nuevo–, invitación sublime –¡Vuelve a Venecia!–, digna de ser disfrutada a la menor ocasión. Quizá Enero sea el mes perfecto para descubrir cómo las tardes de la laguna tiñen los palacios de ceniza y silencio y el agua se vuelve gris, gris perla, un perla vetusto y señorial que realza el ocaso de la Serenísima república, de sus puentes esquivos y sus máscaras ciegas de Carnaval.

Es cierto que no todos comparten el gusto por esa Venecia deteriorada e incierta. Por ejemplo, Marinetti, poeta que clamaba “¡Despreciamos a la antigua Venecia extenuada, imán del esnobismo y la estupidez universal!”. Así eran Filippo y sus amigos futuristas: frenéticos, mecánicos, excesivos.

Sin embargo, Marinetti adoraba la isla del Lido, que es larga y fina como su arenal de doce kilómetros. La playa de Venecia es una barrera que protege a la ciudad de las olas y los vientos, ya sea el colérico boraccio o el amenazante siroco, en invierno y en verano, épocas que el Adriático se abre para azotar inmisericorde a los habitantes de la laguna. Sin el Lido no existiría Venecia: el mar y sus corrientes ya la habrían tragado, nueva Atlántida mediterránea.

Esas mismas aguas voraces son las que bañan la sutil playa del Lido. Durante el estío es bulliciosa y soleada, pero en invierno recupera la discreta elegancia de tiempos lejanos, principios del siglo XX, cuando el Lido era el abrigo de la Europa regia, apenas amenazada por Biarritz o Montecarlo. Entonces la isla era frecuentada por reyes y príncipes del arte y la vida. Todos entregados al dolce far niente, tumbados con indolencia en las hamacas mientras las horas volaban gozosas, lentas y sublimes entre casetas rayadas y un oleaje de acero.

Ese reposo antiguo era el que buscaba el zar Nicolás II, el último de su estirpe, al afirmar “Siempre que dudamos entre dos playas, una de ellas es el Lido”. O Wagner, que todos los sábados salía de madrugada de su palacio en el Gran Canal para contemplar el amanecer en la isla. O Thomas Mann cuando se alojó en el Hotel Des Bains (Lungomare Marconi 17, Lido Norte), escenario final de pasiones equivocadas, teatro perfecto para descubrir la Venecia trágica con la 5ª de Mahler de fondo.

Invierno en el Lido. Sus calles solitarias, sus gentes silenciosas. La villa de Malamocco, madre de la isla, con su campanario de pueblo y sus calles recoletas. El aroma años veinte que lo impregna todo, del Templo Votivo al puente de San Nicolò, del Palazzo del Cinema –del que Fellini decía que entrar en él era “como aprobar un examen final"– al Hotel Excelsior con sus actrices neoclásicas camino de la Mostra cada septiembre (ya fueran la poderosa Magnani, Katherine Hepburn en Mujercitas o la Garbo de Anna Karenina).

Y, sobre todo, el mar. El Adriático –el Mare Superum latino–, pretexto de los venecianos para hacerse poderosos, opulentos y cultos. De Marco Polo a Vivaldi, de Petrarca a Tintoretto.
Y, siempre, el Lido. El Lido en invierno. Tan bella, tan decadente y tan difícil. Tan majestuosa, pero tan frágil. Tan antigua y, al mismo tiempo, tan superficial.

Tan maravillosa.

viernes, 23 de noviembre de 2007

El ultimo brasileño virgen


Los milagros existen –nunca lo he dudado–, pero si además viene la realidad y te lo confirma, entonces es el acabóse. Eso fue lo que ocurrió cuando leí las sorprendentes declaraciones de un brasileño de 23 años confesando que había llegado virgen al matrimonio.

Vaya por delante que me aterra encontrar juntas en una revista las palabras “virginidad” y “matrimonio”. No digo nada si las oigo en televisión porque lo normal es que sean pronunciadas por alguna ursulina o, Dios no lo quiera, el portavoz de la Conferencia Episcopal. Eso en el mejor de los casos, ya que en el peor las repite algún reportero sin cerebro mientras se ríe de un incauto al que acusa de inocente y/o cavernícola por opinar esas cosas.

Sigo con la historia. El tipo que se lanzaba al ruedo hablando de su virginidad prematrimonial no estaba recluido en un manicomio. Tampoco era un ultraortodoxo judío. Ni siquiera un eunuco tunecino –su oficio le habría facilitado mucho las cosas–. Al contrario. Era un muchacho de aspecto prudente y, si la normalidad existe, yo diría que normal.

El chico, llamado Ricardo, seguía a tumba abierta con sus confesiones: “Nosotros elegimos llegar castos al matrimonio. Nuestra fe cristiana enseña que el amor humano se rubrica con el sacramento y para nosotros la primera noche fue bellísima”. Ojos como platos. Mientras tanto, la confusa periodista, llena de curiosidad, preguntaba si no le había costado aguantar el instinto todos esos años. El instinto. Como si el mozo fuera un semental de los Miura.

Ajeno a la provocación, el kamikaze continuaba con sus machadas. “Claro que me costó. Soy un joven corriente y no fue fácil llegar al matrimonio sin haber estado nunca con una mujer. El deseo existe, pero siempre supimos retenernos. La oración fue nuestro refugio”. ¿La oración? ¡Que lo detengan ahora mismo!

Ricardo seguía con su historia, digna de Edmundo de Amicis. “Entonces me fui a Milán, aunque volvía mucho a Brasil para mantener viva la relación. Ella no pudo venir conmigo porque era muy joven, pero ese período puso a prueba nuestro amor”. El fenómeno hablaba con naturalidad, sin arrogancia, con la sencillez del que cree en lo que hace y está firme en lo que cree.

El tal Ricardo es más conocido por su nombre futbolístico, Kaká, y es el mejor jugador del mundo. Su equipo, el AC Milán, no lo suelta y su esposa menos aún. Así que uno concluye que Kaká es famoso, austero y feliz. Sin embargo, su milagro no fue llegar virgen al matrimonio. El milagro es ser joven y millonario y tener la audacia de decir que cree en Dios.

La traca final de la entrevista es un manual para recién casados y también para casados viejos. “Yo trato siempre de evitar las tentaciones, que existen. Existen siempre y en el fútbol más aún. Por eso, desde que vivimos en Milán no voy nunca a discotecas. Sólo salgo a las fiestas del club y, si es posible, con mi mujer. Nosotros hemos pactado que podemos salir solos con los amigos, pero a medianoche se vuelve a casa. A veces es un sacrificio, pero vale la pena”.

Vale la pena. Lo dice Kaká, el último brasileño virgen. ¿O no es el último? Si yo fuera el presidente del Madrid pagaba los 80 millones de euros que parece que cuesta y me lo traía al Bernabeu de por vida. Jogo bonito y sentido común no es algo que abunde. Si no, que se lo pregunten a Ronaldo, que también es brasileño.

lunes, 26 de marzo de 2007

Amor del bueno



En unas excavaciones arqueológicas en Italia han encontrado los restos de una pareja que vivió hace 6000 años. Si la noticia fuera esa no tendría la menor importancia, al fin y al cabo hay excavaciones por todo el mundo y casi siempre aparece algo. Sin embargo, lo singular de este caso es que los esqueletos descubiertos están abrazados y por eso la anécdota ha llegado hasta Oceanía. La aparición de la sepultura de los amantes, tan simbólica, da que hablar y también mucho que pensar. Por ejemplo, en los beneficiosos efectos de estar casado.

En EE.UU. llevan bastante tiempo estudiando las ventajas del matrimonio para la pareja y la sociedad. El informe más novedoso sobre este asunto es un sólido análisis (www.princetonprinciples.org) que cuenta con la colaboración de casi un centenar de profesores universitarios de Harvard, Princeton o Georgetown, entre otras.

Sus conclusiones han sido firmadas por juristas y sociólogos, por expertos en política pública y por economistas, por biólogos y médicos. Los hay cristianos y judíos y también agnósticos. Unos son hombres y otras mujeres, están casados, solteros o simplemente unidos. Lo que no son es idiotas. Por eso han evitado los argumentos religiosos, tentación de diablillo inexperto en la que no han caído. Lo suyo es un acercamiento a la experiencia humana, pero apoyada en pruebas empíricas de las ciencias sociales y biomédicas. De ahí nacen Diez principios que sintetizan el papel del matrimonio y la familia en la sociedad actual, aunque van más allá de la mera utilidad y aportan evidencias políticas y morales que avalan sus tesis.

El estudio concluye que la progresiva sustitución del matrimonio por otras formas de convivencia menos estable genera muchos problemas a la pareja, a los hijos y a la sociedad en general. La cohabitación, dicen, no implica el compromiso moral y legal del matrimonio y tampoco recibe el mismo respaldo de amigos y familiares. Además, se confirma que las parejas que “sólo” conviven no suelen estar de acuerdo en el estatus de su relación, observando un mayor compromiso en la mujer, que se convierte en la principal educadora de los hijos.

Para cambiar esta situación proponen varias cosas. Entre ellas, la protección legal del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, una realidad amenazada por cambios legislativos que equiparan “matrimonio” con otras uniones. Por ejemplo, las homosexuales, que no han experimentado el respaldo legal internacional previsto. Mas bien al contrario, ya que en los últimos meses varios países han establecido medidas jurídicas para reforzar las uniones heterosexuales.

Piden también los autores del informe una reforma legal del divorcio para que el contrato matrimonial tenga más protección que, por ejemplo, los contratos de alquiler y solicitan que el sistema fiscal favorezca más aún a las familias con hijos, ya que una familia numerosa crea un entorno óptimo para educar en valores como la solidaridad, la justicia o el amor.

La lectura de este informe te deja una sensación agridulce. Por una parte alegra descubrir que hay personas competentes que abordan con rigor cuestiones esenciales, pero duele comprobar que, a pesar de que el matrimonio es la única institución que respeta con plenitud tanto la naturaleza humana como las relaciones sociales, su mensaje es ignorado por los medios.
Yo me quedo con una sola idea: hay amor del bueno cuando un hombre y una mujer se unen para siempre. A los esqueletos italianos no tuvieron que explicárselo demasiado.

Publicado en Diario de Burgos 15 de febrero de 2007