Como acertadamente señala el poeta gaditano Enrique García-Máiquez (cuyo hermano Jaime es restaurador de la pinacoteca): "Caravaggio superó el cansancio del Renacimiento clásico por medio de la intensidad de un realismo que se fue haciendo cada vez más descarnado y grandioso, acaso como reflejo de su propia vida llena de claroscuros. Cuando alcanzaba el éxito como pintor, como en Roma, tenía que huir por violento y asesino; y cuando su arte le encumbraba socialmente, como cuando le nombraron caballero de la Orden de Malta, su pasado criminal le desterraba a una errancia infinita".
Caravaggio fue un pintor maldito y apreciado a partes iguales. Maldito por sus continuas disputas personales y delitos; apreciado por cardenales y embajadores por su innegable maestría, su dramático realismo y el dominio inigualable del claroscuro. Por eso tenemos una buena oportunidad en El Prado para enriquecer nuestra percepción del genio italiano y compararlo, por ejemplo, con El entierro de Cristo de Tiziano.
Los historiadores siempre han llamado la atención sobre la simbología de la pintura, que relaciona la piedra del sepulcro -que apunta en ángulo hacia el espectador- y la piedra angular que representa Cristo. Este mensaje cristológico sobre el dolor y la muerte resultó oportuno en el contexto de una reunión internacional de jóvenes pacíficos dispuestos a reflexionar sobre los pilares de sus propias creencias.
Quizá Caravaggio sonreiría al contemplarlos llenos de admiración y devoción "peregrinando" al Prado para contemplar su obra. Y veles disfrutarla. Y reflexionar sobre ella como una ventana abierta a la desafiante realidad de un misterio.
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