martes, 22 de septiembre de 2009

Siempre fiesta

El Beti-Jai es un frontón exiliado, quizá como muchos vascos que no pueden vivir en su tierra. Lo digo porque está en Madrid y eso imprime distinción, pero también un poco de tristeza. Desde siempre los frontones añoran el sirimiri, los gritos en euskera y los bailes de romería después de la fiesta mayor de la villa.

El Beti-Jai –que está en Marqués de Riscal 7, muy cerca de La Castellana– fue en su día el rey de los frontones. Esa época comenzó en 1893, año del inicio de unas obras dirigidas por el arquitecto del Ayuntamiento de Bilbao con un prepuesto de 100.000 duros. El modelo para su construcción fue un frontón easonense del mismo nombre, hoy desaparecido, y que era explotado por la misma empresa vasca que encargó la nueva obra.

Por entonces la pelota vasca tenía una programación diaria en Madrid –que entonces alcanzaba 800.000 habitantes– sobre todo porque las apuestas que se jugaban eran jugosas. Así que el Beti-Jai (Siempre fiesta en vascuence) se unió a los otros frontones existentes en la capital, a los que se calcula que asistían unos 16.000 espectadores.

A principios del siglo XX –con la apasionante excepción del toreo– las diversiones populares eran escasas y por lo general unidas a fiestas religiosas. De modo que la pelota (y un incipiente deporte inglés llamado football) se extendieron con rapidez. Ahí el Beti-Jai brilló mucho gracias a su céntrica ubicación en Chamberí y al gran tamaño que tenía, capaz de albegar a cuatro mil personas en varios pisos de altura.

En el Beti-Jai sólo jugaban profesionales (El Manco de Villabona, Grande de Rentería o Pasiego-Chiqui) y su primer gerente fue una leyenda de la pelota vasca, Indalecio Sarasqueta, alias Chiquito de Eibar. El frontón siguió abierto hasta la década de 1920, momento en el que Primo de Rivera y su dictablanda, suprimieron el juego y las apuestas, verdadero corazón de la pelota.

Su inauguración, en la primavera de 1894, fue un acontecimiento brillante. Acudieron políticos, toreros, artistas y mucha gente del pueblo. Dicen que hasta el rey Alfonso XIII, que apenas tenía 8 años y aún estaba bajo la regencia de la reina Mª Cristina, asistió de incógnito. En la revista El Pelotari se dijo “El edificio es airoso, artístico y elegante. […]. En los trajes de los jugadores se introduce una gran innovación, gastarán camisas blancas con un escudo y las iniciales de los dueños del frontón. De ésta suerte, aun quitándose la boina y el cinturón, podrán ser perfectamente conocidos.”

Durante la Guerra Civil se siguieron dando golpes en el Beti-Jai, pero no de la piel contra la piedra, sino de puños contra huesos al ser ocupado como comisaría y cárcel republicana. Con la dictadura franquista fue lugar de ensayo de bandas musicales de la Falange y en los 50 se vendió a Citroën como taller de reparaciones.

En los últimos tiempos se celebraron en el Beti-Jai veladas de boxeo, conciertos de rock y hasta concursos caninos. Después llegó el silencio y la ruina.
Desde hace treinta años, y pese a tener la declaración de Monumento Nacional, el Beti-Jai agoniza y se desmorona. Desde hace cuarenta no se celebra un partido de pelota en Madrid.

Y ya va siendo hora.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

The Shot

Fue, sin duda, el momento mágico del US Open y su protagonista Roger Federer, el mejor tenista de todos los tiempos con permiso de Rod Laver.

El serbio Djokovic aún deambula por la Arthur Ashe preguntándose "Was that shot real?", que en español viene a ser "¿Cómo coño ha hecho eso?".



Alguno pensarán que no es para tanto y que Yannick Noah -aquel inimitable jugador francés de los 80, el último que levantó la Copa de los Mosqueteros- lo hizo antes. Otros preferirán los intercambios eternos de golpes entre Wilander y Edberg, o alguna de las genialidades de John McEnroe o Jimbo Connors en el cenit de su juego.

Todo es opinable, pero lo que hizo Federer pertenece al mundo de lo imposible, del arte, de la magia. Lo hizo, además, en el último juego del tercer set, el que le daba el pase a la final contra Del Potro (¡enorme pibe!, merecido e inesperado campeón), rompiendo el servicio de Nole Djokovic y endosándole el juego en blanco.

Los dioses del tenis están radiantes.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Dignísima Maria

Desde hace unos años –unos cuantos, la verdad– es difícil encontrarse con un niño que tenga síndrome de Down. Antes no, antes podías cruzártelo por la calle, o verle hacer la compra o trabajar como aprendiz en un taller mecánico.

En mis recuerdos hay dos personas con ese trastorno: Pedrito y Quilo. Los dos llegaron a viejos y los dos fueron queridos y hasta “famosos” en su ciudad natal. Pedrito estaba todo el día en un club deportivo –el Grupo Covadonga– haciendo mil recados y encargos. Quilo, que falleció este verano, era el utillero de los equipos del colegio de los jesuitas en Gijón. Si les saludabas por la calle te devolvían el gesto, Pedro con su mirada pícara y Quilo, siempre atareado, con su inolvidable “Tengo muches coses que hacer.”

Los dos tuvieron, a su manera, una vida plena y ambos contaron con el apoyo de una familia que les aceptó al nacer y les quiso al crecer. Por eso, cuando esta primavera nació María y supimos que tenía Down, recordé a Quilo y a Pedrito y me alegré de que llegara a un hogar que iba a luchar por sacarla adelante.

Los padres de María son, en el buen sentido de la palabra, buenos y se oponen a que un niño con síndrome de Down tenga que debe morir antes de nacer. María nació. Con mil dificultades, pero nació. Yo la conocí un 6 de Julio en Pamplona, mientras el cohete de San Fermín estallaba en rojo y blanco. Iba perfecta con su pañuelico, dormida en medio de la algarabía desplegada por sus hermanos y los amigos de sus hermanos.

Tras la comida y el mus reglamentario nos fuimos para casa a continuar la sobremesa. María no dijo ni mú y sólo se despertó para exigir su biberón. Las navarras son así, exigentes. Con ojos de guardia fronterizo la cuidaban Almudena y Graciela, nueve años como nueve miuras, y en la conversación hablé de Quilo y Pedrito y todos nos reímos con sus ocurrencias. En especial una de Pedro con el nobel Severo Ochoa, que era su tío, y del que rechazaba la paga en pesetas. “Dólares, Severo, quiero dólares”, le decía con astucia de perro viejo.

María murió hace unos pocos días. Tenía el corazón roto y no soportó una operación de once horas que hubiera tumbado al mismo Rafa Nadal. Lo hizo entre oraciones y tubos, lo hizo en paz, la paz que Dios da a los inocentes y a los arrepentidos. Su última batalla la libró en Madrid, acompañada de sus padres y sostenida por unos médicos que lo intentaron todo.

María se fue sin desgarro, en medio de la tristeza de una madre que la llevó con ella nueve meses y que no se rindió nunca. María se fue entre lágrimas, pero sin tragedia. Se fue al Cielo, que es donde están todos los niños, los no nacidos y los recién nacidos. Se fue con toda su dignidad a cuestas. Porque nadie es más digno que otro, ni tiene más derecho a vivir porque esté sano, o sea joven o tenga dinero. María, con su efímero discurrir en el mundo, hizo mucho bien a los que la rodearon.

Sus padres quisieron que naciera y aceptaron con entereza que su tiempo se acabara. “Los hijos no son propiedad de los padres, por eso vienen y se van.”

Dignísima María.



martes, 8 de septiembre de 2009

Crónicas de Jorgeciudad

En esta vida ocurren cosas inefables. Por el ejemplo que el Sporting de Gijón siga en 1ª división o que Alfonso Guerra siga de telonero en Rodiezmo (León) en versión abuelo cebolleta.

Sin embargo, el acabóse -que diría un castizo- fue descubrir en pleno campus de GU a un japonés con una camiseta de Los Nikis. Los Nikis fueron un grupo madrileño también llamado también Los Ramones de Algete -o eso decía Isaías Calvo-, y pese a los años siguen sonando en bodas y bautizos de una cierta generación con una ideología concreta, romántica y casi olvidada.

Por eso ver a un nipón con la camiseta de "Los Nikis Tribute" (ver foto adjunta) e irma hacia él como un kamikaze fue todo uno. Me dijo que se llamaba Akira y que estudiaba Foreign Affairs. Hablaba un buen español, tintado de amarillo, eso sí. Le gustaba Madrid y admiraba a Camarón, el pulpo a feira y a los Nikis (por este orden). No le pregunté si estaba en tratamiento o que tipo de droga tomaba porque me parecio de mala educación y, pese a sus gustos eclécticos, lucía cabal.

La conversación terminó a eso de los quince minutos. El siguió su camino y yo me quedé pensando en la música que oíamos a finales de los 80. Sobre todo Los Nikis, claro
.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Here We Are

Un mes después, vuelven las opiniones impertinentes, ahora con sabor americano, que digo yo que tendrá que ser a b-b-q.

Durante el proximo año las escribiré desde Washington DC, capital Georgetown University. Poco a poco vamos respirando, gracias a Dios y a Ikea (léase Aikía), siempre bajo el ejemplo de ese famous handyman called De Cea.

En homenaje a los verdaderos americanos, que vivían aquí cuando esto no era América, traigo la foto de uno de los más célebres, Nube Roja (en román paladino). Según el Webster, Red Cloud was the principal chief of The Cayuga People, one of the five original Native North American tribes of the Iroquois Confederacy. They originally lived in the area around Cayuga Lake in what is now central New York State.

Lo dicho, ahora que Verizon nos ha sacado de la prehistoria (antes en EEUU no eras nadie si no tenías coche, ahora si te falta internet) hemos dejado de ser los Picapiedra/The Flintstones para volver a ser Los Uría. Así que los mensajes de ánimo pueden mandarse a losuria@verizon.net