jueves, 30 de octubre de 2008

Sin miedo ni rencor

Han vuelto. Quieren quedarse a toda costa, vivir para siempre en nuestra cabeza, meternos el miedo en el cuerpo. No podrán. No han podido nunca y tampoco ahora podrán.



Sé lo que digo porque he estudiado y vivido y trabajo en la Universidad de Navarra. Llegué en 1989 y aquí me he quedado. En la Universidad conocí a mi esposa y en Pamplona han nacido nuestros 4 hijos, así que puedo asegurar que mañana mismo la normalidad habrá vuelto al campus.

Desde 1979, ETA ha atentado seis contra esta Universidad y nunca han logrado nada. Son idiotas. La anterior
, en 2002, fue en Mayo. Hoy ha sido en Octubre. En ambos casos, un mes de la Virgen.

Este atentado no se ha llevado a nadie por delante. Faltó poco porque hoy la bomba estaba hecha para matar. No para intimidar, no para demostrar fuerza.
La Bestia etarra quería sangre y, si no lo ha conseguido, ha sido por muchos pequeños detalles, por casualidades o, más bien, causalidades. Si hoy no hay muertos es porque hay Dios.

Gracias a eso Javier Mata, está en su casa con sus 6 hijos 6. Su ventana es la que arde en el vídeo y se salvó porque estaba fuera de su despacho. O Jose de Cea (con el que viví en Torre I, colegio mayor en sentido literal que aparece en la foto de la izquierda), o Txusmi Turrillas -fanático del béisbol y entrenador en el Colegio Irabia-, o... Todos son nombres "con cara y ojos" a los que conozco y aprecio. Irma, Mª José, Gonzalo, Ana. Gente buena, trabajadora, a la que hoy ETA ha puesto en el punto de mira.

Sin embargo, no ellos no odian a los asesinos. Lo sé porque les conozco, porque he trabajado con ellos y porque hoy les he mirado a la cara. Ellos no tienen
NI MIEDO NI RENCOR. Ellos -y yo con ellos- van a volver mañana a su puesto de trabajo con serenidad. Sin miedo ni rencor darán testimonio de que por este camino no se va a ninguna parte. Habrá dolor, sí, pero también perdón porque perdonarán. Rectifico. Ya han perdonado.

Por eso esta guerra es una guerra perdida para ETA.

martes, 28 de octubre de 2008

El gran salto


Dick acaba de cumplir 60 años, pero no los aparenta. Si te fijas un poco más descubres a un tipo sonriente de pelo cano y nariz aguileña. Vive en una granja de Idaho, oeste americano, donde se esfuerza por esquivar plagas y predecir granizos. Lleva una vida pacífica y sin sobresaltos, aunque a veces sueña con aquel otoño mexicano que cambió su vida.

A los 21 años era un chaval inquieto y enamorado del atletismo. Sus amigos le decían que lo suyo era el baloncesto, pero Dick también era terco: a él le gustaban el salto de altura y el campo. En ese orden. Su pasión por los cultivos la saciaba estudiando ingeniería agrónoma. Con el salto de altura lo tenía peor porque era muy flaco y, en aquella época, los entrenadores buscaban saltadores robustos. Atletas lentos, pero potentes. Así que, después de muchos fracasos, Dick fue separado del equipo. “No vales para este deporte, chico. Inténtalo con el baloncesto”.

Ese revés le hizo pensar. Mucho. Tanto pensó que su disculpa fue inverosímil: cuestionar la técnica que le habían enseñado. Alguien dijo entonces que, además de mal saltador, era tonto. Él siguió baturro en su idea, secuestrado día y noche por la obsesión de encontrar un camino nuevo, empeñado en descubrir una fórmula para volar por encima del listón. Encontró la solución gracias a la Física: lo mejor era saltar de espaldas, superar la barra al revés sin abrirse la cabeza. Al principio la idea le costó burlas ajenas, pero sirvió para convencer a su entrenador que, al final, le hizo un hueco en el equipo de atletismo.

Con su innovación ganó los campeonatos universitarios de EE.UU. y se clasificó para los Juegos Olímpicos de 1968. El 20 de octubre nadie esperaba verle en la final del salto de altura. Pero allí estuvo. Cuentan los presentes que Fosbury se paró en su último intento a unos cincuenta metros del listón, inmóvil como una estatua griega. Aquellos momentos de concentración extrema congelaron el aire y, por unos instantes, un silencio olímpico reinó en el estadio. Justo hasta que las gradas –ansiosas por verle saltar antes de la llegada del maratón– rompieron a gritar: “¡Ándale, gringo! ¡Ándale!".

Entonces Dick empezó a abrir y cerrar los puños mientras hacía ruidos con la garganta. Mugía igual que una vaca, como si quisiera sacarse el salto de las entrañas. Comenzó a balancearse jaleado por el público y, de pronto, echó a correr. Corrió. Cada vez más rápido, más alto, más fuerte. Y ocurrió el milagro. Fue ante miles de ojos incrédulos que vieron a un hombre volar de espaldas. Un rayo en camiseta azul marino y pantalón blanco. Un atleta suspendido de la nada, dorsal 272 y el listón por debajo del cuerpo.

Era Richard Fosbury consagrando las mejores Olimpíadas de la Historia. Las de Bob Beamon y sus 8,90 legendarios, los tres oros de la asmática y adolescente nadadora Debbie Meyer y los 100 metros lisos en menos de 10 segundos. Era la máquina del tiempo, México convertido en Grecia y los Juegos de nuevo en Olimpia. Fue la gloria hecha plusmarca épica: 2 metros y 24 centímetros. Corona de olivo. Medalla de oro.

Al terminar el sueño de México 68, Dick regresó a su Escuela de Ingeniería y la vida le obligó a elegir: el atletismo o la universidad. No lo dudó. Al terminar sus estudios, Fosbury colgó las zapatillas, esquivó a la fama y se hizo granjero. Fue su último salto. El más grande.

viernes, 24 de octubre de 2008

Volverse español

El programa de humor "Vaya semanita" de la televisión pública vasca (EiTB) es el mejor ejemplo de cómo reírse de uno mismo con inteligencia. Sus vídeos circulan por la red alegrando las jornadas laborales, aunque la expansión de la TDT ha dejado a muchos de sus incondicionales -entre los que me cuento- a dos velas.

José Luis de Cea, bloguero y profesor de Marketing en el Master de Comunicación Política de la Universidad de Navarra, me pasa el anuncio de promoción del programa emitido el pasado mes de septiembre. O sea, noticias "frescué", pero que merecen la pena.




Si nos tomáramos la vida con más sentido del humor seguro que bajaban las ventas de Prozac.

lunes, 20 de octubre de 2008

Carta abierta al Juez Garzón

Por su interés, por su claridad y porque, sencillamente, me da la gana, reproduzco la carta que Paco Sancho dirige al juez Baltasar Garzón. El original en su blog El rincón de Pacotto.

Sr. D. Baltasar Garzón Real
Magistrado-juez del Juzgado Central de Instrucción Nº 5
MADRID

Respetado juez:

Mi nombre es Francisco Sancho Crespo, con DNI que no pongo aquí por una elemental prudencia en la protección de datos (no obstante, doy por sentado que llegada la necesidad y con mínima diligencia podrá averiguarlo y localizarme, entre otras cosas porque no me escondo). También le adelanto que, en esa línea prudencial, la firma que cierra este escrito me pertenece, desde el punto pericial caligráfico, aunque no es la que habitualmente utilizo para rubricar mis compromisos, mayormente bancarios e impositivos.

Le escribo en calidad de víctima contemplada en el Auto que ha firmado en Madrid a dieciséis de Octubre de dos mil ocho bajo el título DILIGENCIAS PREVIAS PROC. ABREVIADO 399/2006 V. Soy víctima reconocida por usted porque mi abuelo Eloy Crespo y mis tíos Juan José, Antonio y Mariano Crespo fueron asesinados y luego desaparecidos dentro del periodo que usted abarca en su Auto. Desde entonces, desde la madrugada del 28 de julio de 1936, nadie de la familia sabe nada de los cuatro, solo eso: que fueron secuestrados, torturados, asesinados y malenterrados en alguna cuneta de la carretera que unía Alcañiz con Calanda. Y le escribo a título personal, es decir, no sé que piensan de esto ni mis hermanos ni mi única tía que queda con vida ni mis primos, aunque como creo conocerlos me parece que apoyarían este escrito.

Pero le escribo, insisto, solo en mi nombre, para decirle que me deje en paz y que deje a mi abuelo y a mis tíos en paz, y aunque no tengo por qué hacerlo le voy a dar algunas razones.

La primera, que fui educado en el seno de una familia que predicó con el ejemplo la concordia y el perdón frente al odio y mucho más el revanchismo; si mi madre, que padeció tan de cerca toda aquella salvajada, me insistió durante toda su vida en que aquella tragedia volvió locos a muchos y su cristianismo solo sabía predicar el perdón, no creo que sea usted la persona más adecuada para decirme lo que debo sentir.

En segundo lugar, en mi vida he oído de mis padres, de mis tíos, de nadie, la necesidad de saber dónde estaban los cuerpos de nuestros seres queridos a los que día a día llevamos en el corazón; y si ellos, que fueron testigos directos de la barbarie, mostraron su deseo de no recuperar los cuerpos, imagínese quién seré yo para pensar lo contrario.

La tercera razón, y esto va muy relacionado con lo anterior, es que no me fío nada de usted porque miente. En el apartado 4 del Punto Primero de sus Razonamientos Jurídicos dice textualmente que "un examen imparcial y sereno de los hechos, nos lleva también a afirmar que al igual que los vencedores de la Guerra Civil aplicaron su derecho a los vencidos y desplegaron toda la acción del Estado para la localización, identificación y reparación de las víctimas caídas de la parte vencedora, no aconteció lo mismo respecto de los vencidos..." y eso es una mentira capital por lo que le he contado: mi familia estaba en el bando de los que usted califica de vencedores pero nunca, nunca, desplegaron la mínima acción para localizar, identificar y reparar a sus víctimas, y de esto doy fe directa tanto por lo ocurrido en mi familia como en otras de nuestro entorno.

Comprenderá que si le encuentro mintiendo en asunto tan capital me es difícil seguirle y creer que está actuando de buena fe y con el único norte de la Justicia. Usted mismo, en el prólogo que escribió al libro 'Los maquis en Sierra Mágina', de Luis Miguel Sánchez Tostado, contaba la historia de su tío Gabriel Real, condenado a muerte que se libró pero sufrió injusta prisión y que fue su héroe infantil; de hecho, en su propio libro 'Un mundo sin miedo' escribe sobre la Guerra Civil: "Son tantas las historias e injusticias relatadas que quedaron grabadas en mi memoria infantil y decidí hacer algo para que esa etapa no volviera a repetirse".

Y por supuesto que está en su derecho. Pero no en el mío. Y mi derecho es que me deje en paz, que deje a mi abuelo y a mis tíos descansar en paz. Si, como dicen las estadísticas de su Auto a falta de pulir, en Teruel hubo 1.338 víctimas desaparecidas, le ruego que se dedique a las otras 1.334 sobre las que no tengo ningún ascendente. A cambio, eso sí, le ruego que el tiempo que pensaba invertir en buscar a mis parientes lo dedique a investigar, perseguir, encontrar, detener, expropiar, juzgar y encarcelar a los criminales que con toda seguridad viven libres y son los responsables dolosos de la ruina económica a la que han llevado a media humanidad a cambio de enriquecerse ilícitamente. Doy por sentado que en su afán de lograr justicia lo hará y que no le tiene miedo a sentar en el banquillo a banqueros, brokers y Gobiernos enteros si fuera menester. Reconozco que es algo más peligroso, pero es justo. Y si usted es capaz de resolver todos los horrores de la guerra, seguro que puede con esto.
Atentamente,

Francisco Sancho

PS.- Si quiere documentarse sobre lo ocurrido en mi casa lo encontrará aquí.

viernes, 17 de octubre de 2008

Más niños, más riqueza

Más niños, más riqueza. No lo dicen los fabricantes de la Wii, reina de las consolas, o los de Chicco, marca infantil por excelencia. Lo dice la Comisión Europea, que no es poco. Antes preocupaba lo que decía la Roma pontificia, pero ahora nos afecta más Bruselas. Por eso alivia descubrir que la UE está preocupada con las predicciones demográficas: en 2030 tendremos 20 millones de trabajadores menos y eso es un problema. A menos población, menos consumo y, encima, menos mano de obra –cualificada o no– para sacar adelante las pensiones y la cobertura por desempleo.

Dice la Comisión que esto pasa porque las madres trabajadoras tienen unas condiciones laborales precarias. Por eso nacen pocos niños y trabajan menos mujeres. Añaden los comisarios que es urgente plantear nuevas medidas para fomentar la natalidad y favorecer que las madres trabajadoras vuelvan a sus trabajos después de los meses de lactancia. Entre otras, aumentar el permiso de maternidad a un mínimo de 18 semanas y ampliar la red de guarderías.

Según los informes comunitarios, si una mujer tiene tiempo suficiente para cuidar a su bebé (y recuperarse del parto) y garantías de que le conservarán su puesto, es probable que siga trabajando después de tener un hijo y que se anime a tener más. Los datos confirman que los países que más protegen a las madres trabajadoras (los escandinavos y Holanda) son los tienen una natalidad más alta y las mujeres –sean o no madres– están más satisfechas con su vida y más comprometidas con sus empresas.

Pero no sólo eso, sino que en los países donde se facilita tener hijos es donde más madres trabajan. Parece que debería ser al contrario (a más hijos, menos mujeres trabajando), pero resulta que si se protege la natalidad y se ayuda a las familias, las mujeres pueden organizarse mejor y retomar su vocación profesional.

La consecuencia inmediata es que la riqueza de Suecia o Finlandia sube por encima de la que tienen los países del sur de Europa. Un estudio de Goldman Sachs sobre el impacto económico de la participación laboral de hombres y mujeres (“Gender Inequality, Growth and Global Ageing”, Global Economics Paper 154) confirma que, si hubiera más mujeres trabajando, se incrementaría el PIB de la eurozona en un 13%, cifra que llegaría al 19% en España. Así que el economista norteamericano Julian Simon, defensor de que sólo el crecimiento de la población garantizaba el progreso tecnológico, tenía razón. A más nacimientos, más consumo, más investigación científica y más riqueza para distribuir.

En resumen, si nacieran más niños, todo iría mejor. Para que eso ocurra son necesarias medidas urgentes que faciliten el nacimiento y crianza de los hijos. Por ejemplo, horarios laborales flexibles, equiparación de las jornadas –es absurdo que los colegios terminen a las 5 de la tarde y que los padres tengan que trabajar hasta las 8– e, incluso, el diseño de trayectorias profesionales que permitan a las mujeres no ser penalizadas por ser madres. ¿Cuánto talento femenino pierden las empresas dejando de lado a las mujeres trabajadoras?

Lo más importante, sin embargo, no lo dice Bruselas y es esto: la familia es el principal entorno educativo (de afectos, de hábitos, de valores) y el lugar donde aprendemos a ser personas. Ese es el principal “trabajo” de los padres y las madres… si tienen tiempo para estar con sus hijos, conquista social que sería buena para las familias, mejor para las empresas y excelente para los Estados. A ver si llega pronto.

Publicado en Diario de Navarra el 6 de octubre de 2008