Dedicado a Josep Corcó, filósofo catalán y, sin embargo, amigo

Recientemente,
Benedicto XVI ha publicado
Orar, una recopilación de sus discursos y homilías fundamentales con el propósito de enseñar a hacer algo tan sencillo e importante como rezar. Hasta ahí todo perfecto y previsible.
Según la Editorial Planeta, "el lector se sentirá arrastrado desde la primera página por la profundidad germana y la claridad romana del pensamiento de Joseph Ratzinger; un papa y un intelectual único". Correcto también, aunque poco apetecible si unimos las palabras clave: "profundidad", "pensamiento" e "intelectual".
Mi sorpresa llega cuando veo que el intelectual profundo y alemán es alemán de verdad
¡y nos ilustra sobre la trascendencia del fútbol! Bien es cierto que durante el Mundial de Alemania de 2006 el presidente del comité organizador, Franz Beckenbauer, reveló que Benedicto XVI le aseguró que
vería los partidos más importantes del campeonato.

"El Papa ha querido enseguida hablar de fútbol y nos ha dicho que la selección alemana es fuerte. [...]. Hablar con el Papa de fútbol ha sido el momento más importante de mi vida. Es
una persona muy simpática y de increíble dignidad y serenidad", añadió.
Adjunto las reflexiones de Benedicto XVI y se las dedico a
Josep Corcó, profesor universitario, filósofo de la Ciencia y, allá por los primeros años 90, cruzado de una misión imposible en el
Colegio Mayor Torre I de la
Universidad de Navarra: sacar el fútbol de nuestras cabezas.
Va por tí, Corcó.
Cuando se hojea la prensa y se escucha la radio, se comprueba enseguida que hay un tema dominante: el fútbol y la liga de fútbol. Este deporte se ha convertido en un acontecimiento universal que une a los hombres de todo el mundo por encima de las fronteras nacionales, con un mismo sentir, con idénticas ilusiones, temores, pasiones y alegrías. Todo esto nos revela que nos encontramos frente a un fenómeno genuinamente humano.
Surge espontánea la pregunta sobre el por qué de la fascinación que ejerce este juego. El pesimista contestará que es una repetición más de lo que ya se experimentó en la antigua Roma: pan y circo; panem et circenses.
Pero, incluso si aceptáramos esta respuesta, tendríamos que preguntarnos: ¿y a qué se debe semejante fascinación, que lleva poner el juego junto al pan, y a darle la misma importancia?
Volviendo de nuevo en la antigua Roma, podríamos contestar a esta pregunta diciendo que aquel grito que pedía "Pan y juego" era la expresión del deseo de una vida paradísiaca. En este sentido, el juego se presenta como una especie de regreso al hogar primero, al paraíso; como una escapatoria de la existencia cotidiana, con su dureza esclavizante. Sin embargo el juego tiene, sobre todo en los niños, un sentido distinto: es un entrenamiento para la vida.
A mi juicio, la fascinación por el fútbol consiste, esencialmente, en que sabe unir de forma convincente estos dos sentidos: ayuda al hombre a autodisciplinarse y le enseña a colaborar con los demás dentro de un equipo, mostrándole como puede enfrentarse con los otros de una forma noble.
Al contemplarlo, los hombres se identifican con ese juego, haciendo suyo ese espíritu de colaboración y de confrontación leal con los demás. Desde luego, la seriedad sombría del dinero, unida a los intereses mercantiles, pueden echar todo esto a perder.
Al pensar detenidamente en todo esto, se plantea la posibilidad de aprender a vivir con el espíritu del juego, porque la libertad del hombre se alimenta también de reglas y de autodisciplina.
En todo caso, la visión de un mundo que vibra con el juego debiera servirnos para algo más que para el entretenernos, porque si fuéramos al fondo de la cuestión, el juego podría mostrarnos una nueva forma de entender la vida.
PD: el que quiera comprar el libro puede hacerlo
pinchando aquí