martes, 11 de noviembre de 2008
Mi negra
La música de Mama Africa se oía en casa mientras mi padre cocinaba. A todo volumen. Sin entender nada de nada, pero dando saltos y bailando entre espasmos. Apenas teníamos 6 ó 7 años, edad suficiente para venerar la música como parte del único santoral aceptado por mi padre. La versión que recuerdo es esta:
Otras diosas cotidianas eran Diana Ross, Aretha Franklin o Cesárea Évora. Todas negras-negras que cantaban como los ángeles, que siempre son blancos salvo que los nombre don Antonio Machín, negrocubano y rey del bolero. El único hombre -con permiso de Bob Marley, rastas en la cabeza y media sonrisa mariana- que podía entrar en el serrallo musical paterno.
Más tarde me hastié del Pata Pata (que sólo le tolero a Lucrecia, mulata de ojos chinos y pelo de colores, cubanaza de primera). Por eso guardo en mi memoria esta versión de Oxgam, que para mí es música sacra.
Descansa en paz, Mama Makeba, Miriam Africa, negra de mi familia.
domingo, 9 de noviembre de 2008
A golpes en Jerusalén
Ayer se leyó en todas las iglesias católicas del mundo el evangelio de la Expulsión de los mercaderes del Templo.En ese pasaje, bien conocido, los comerciantes y sus animales (bueyes, carneros, palomas) están dentro de la casa de Dios con el permiso del sumo sacerdote, que se enriquece con cada transacción.
Ni las mujeres, ni los ciegos, ni los jorobados -y por supuesto tampoco los gentiles- pueden pisar el Templo, pero sí las bestias y sus dueños. El caos y el tumulto es proverbial, por eso la santa ira de Jesucristo se dispara al ver cómo el Templo es prostituido por los hombres. Por eso echa a latigazos a mercaderes y clientes. A latigazos. Sin compasión ni buenas palabras. Es el Jesucristo más duro de asumir. Dios es amor... y a veces también latigazos.
Ayer, mientras leían ese pasaje en medio mundo, se repitió la escena dos mil años más tarde. Esta vez ocurrió en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, lugar sagrado donde Cristo fue crucificado y donde reposó hasta su Resurrección.En esta ocasión, la batalla campal fue entre sacerdotes armenios y greco-ortodoxos, que decían defender sus derechos históricos en ese lugar. Para más inri, los armenios celebraban la Fiesta de la Sta. Cruz.
En la pelea ha habido varios heridos y la policía israelí ha tenido que acceder a la iglesia con los antidisturbios para separar a las dos facciones. Todo el espectáculo se ha producido con el tempo lleno de peregrinos. Pero tampoco éstos se limitaron a observar, sino que fueron tomando partido, mayoritariamente por los ortodoxos, que son más numerosos y custodian el Santo Sepulcro.
Han pasado dos milenios y (casi) todo sigue igual.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Fired Up, Ready to Go
Entre estas fotografías...


Y ésta otra...
Han pasado menos de 50 años y 10 presidentes de los EEUU. Del negro que se esconde para beber agua en un grifo sólo-para-negros, al negro que sabe que vivirá en la Casa Blanca. Del hispano que no puede entrar en un restaurante, al negro que tiene todos los restaurantes de América abiertos para él.
Moraleja: la Historia se vistió ayer de azul democráta. El futuro americano se escribe con "B" de Barack (que significa "Bendecido" en árabe) y "O" de Obama (y de"Ojalá", que también es arábe: "Dios lo quiera").
¿Será un futuro negro? ¿Mulato como su protagonista? ¿Blanco quizá? Porque Obama es, a la vez, negro-mestizo-blanco. In God We Trust.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Adivina quién viene a cenar esta noche
No sé porqué, pero "Adivina quién viene a cenar esta noche" era una de las películas favoritas de mi padre. Así que cuando la ponían en la tele me sentaba a su lado y decía “Aprende y no juzgues. Sólo así serás feliz”. El consejo, obviamente, me entraba por una oreja y me salía por la otra. “Papá, no entiendo nada. Si ella quiere casarse con un negro, que lo haga”. El negro era Sidney Poitier, el primer afroamericano en ganar un oscar de Hollywood.Mi padre nunca viajó a EE.UU., pero le encantaba ese país. Bueno, más bien le gustaba Bob Dylan y Steve McQueen, sobre todo en Bullitt. ¡Ah! Y Ava Gardner, que para él también era el animal más bello del mundo. Si mi padre hubiera nacido en Maryland o en California sería un demócrata convencido. Por eso sé que hoy estará en el Cielo (espero que los “progres” también tengan sitio junto al Padre, al menos a la izquierda) feliz de ver a un mulato en la Casa Blanca.
Reconozco que jamás hubiera votado a Obama, sobre todo por su posición a favor del aborto, los "matrimonios" homosexuales o la experimentación genética. De hecho, hice mi pequeña donación a McCain cuando se jugaba la Primarias republicanas. Ahora bien, indudablemente el triunfo de senador de Illinois abre una nueva etapa en la política mundial. Todos necesitamos la utopía y Obama es hoy la utopía, al menos para 63 millones de estadounidenses. Su victoria confirma que todo es posible en América.
De Obama –un negro que habla como un blanco– admiro su capacidad de ilusionar a una nación entera. A todo Occidente, incluso. Por eso creo que el nuevo presidente de los EE.UU. merece una oportunidad. La misma que le dieron a George Bush, que ha terminado siendo el desastre que muchos predijeron. Curiosamente, a él sí que le hubiera votado –las dos veces–, aunque me parecía un tipo gris y, por momentos, peligroso. El tiempo se ha encargado de confirmar ambas cosas.
Mi madre, que es sabia por vieja y por madre, me dijo en una ocasión que los años 60 fueron maravillosos por dos cosas: Juan XXIII y Kennedy. Es decir, había esperanza en un mundo mejor y había políticos y pastores dispuestos a luchar por esa esperanza. Ella, hija de su tiempo, era (y es) una católica práctica (y practicante), así que de su ejemplo y sus palabras aprendí otra cosa: la importancia de la unidad –en el matrimonio, en la familia, en la nación– y a no rendirse nunca. “Si crees que puedes, es muy posible que puedas” me dijo en un andén asturiano antes de coger el tren rumbo a la universidad. Yo era el primer universitario de mi familia y había crecido oyendo hablar de Juan XXIII y Marcelino Camacho, con “El País” como periódico y Serrat de banda sonora. Y un principio sagrado para mis padres que tanto los Jesuitas como el Opus Dei reforzaron: piensa por ti mismo, sé libre.
Esta madrugada, a las cinco de la mañana, el despertador me llamó para contarme resultados de las elecciones. Todos daban ya a Obama como presidente y, lo confieso con cierta y inefable vergüenza, me alegré. Fue una alegría sentimental, nada lógica ni coherente con mis principios, pero me alegré. Bob Dylan cantaba al fondo “The Times They Are A-Changing”.
Algo me dice que fue mi padre el que puso esa canción.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Otras vidas
A veces me sorprendo con gesto de espía, apostado quizá en un banco del parque analizando a la gente que pasa. En ocasiones me descubro emboscado en la mesa de un café mientras curioseo a través del espejo de la barra. Entonces ocurre el milagro y el camarero se transforma de repente en un mozo de espadas que me entrega la muleta mientras yo –convertido por arte de magia en un torero clásico– le miro con gesto grave, a lo Manolete, antes de arrimarme a un morlaco tan negro y malintencionado que parece la vida.
A veces mis pasos coinciden en la calle con los de alguien y durante un rato caminamos juntos. En ese trecho incierto ambos nos convertimos, por ejemplo, en Epi y Blas de paseo por Barrio Sésamo o, si estoy en plan épico, en Ben-Hur y Messala en las calles de Jerusalén.
Cuando mi imaginación indomable se desboca, me siento como Felipe –el amigo dentón de Mafalda– que, de camino al colegio, veía cráteres lunares en las obras de la calle, convertido él en astronauta de
La verdad es que sólo me ocurre de vez en cuando, pero intento disfrutar cada arrebato como si fuera el último. Puede ocurrir una mañana hosca de domingo y noviembre mientras compro el periódico o quizá una tarde breve de sol fugitivo e invernal.
Pienso, por ejemplo, cómo sería mi vida si yo me llamara Rodrigo de Triana y fuera el vigía que voceó a
Esos embrujos inesperados me descubren lo mucho que me habría gustado ser uno de los rebeldes de Fidel Castro y hacer la revolución, aunque acabara bien. O jugar un partido de los Celtics contra los Sixers en el Boston Garden y ver en primera fila aquellos duelos de los 80 entre el lechoso Larry Bird –todo nariz y canastas imposibles desde el otro lado del mundo– y el magistral Julius Earving, alias “Doctor J”.
Sin embargo, si lo pienso mejor y razono, veo que no hacen falta esos delirios para llevar una vida intensa. Basta con ser uno mismo y cumplir con la prosa diaria, que no es poco. Descubrir la magia de dedicar una hora fija a los críos y jugar al fútbol en el pasillo o a las muñecas en cualquier parte. Llevar, por ejemplo, a la parienta a cenar y hablar de la vida sin pretender entenderla (a ella y a la vida) y, ya puestos a pedir, jugar al mus con los amigos de siempre y no hacer trampas aunque se lo merezcan.
O simplemente visitar, de vez en cuando, a esos viejos arrugados que convirtieron una casa en un hogar para criarnos a base de sacrificios, puré y madrugones. Todo por darnos otra vida. Otra vida mejor.