viernes, 23 de mayo de 2008

Crónicas perplejas

La COPE, radio española, confirma a Federico Jiménez Losantos (ex-comunista y agnóstico) y a César Vidal (pastor protestante) como sus líderes de opinión y les renueva por un año más. Ambos locutores siguen estancados en sus índices de audiencia, pero mantienen su tono apocalíptico y excluyente. La Conferencia Episcopal Española, dueña de la COPE, guarda un prudente y florentino silencio, aunque algunos obispos confiesan que este asunto es "un dolor de cabeza permanente".

El CNI (Centro Nacional de Inteligencia) espia a un juez del Tribunal Constitucional que era crítico con el gobierno socialista. Para desprestigiarlo, el CNI difundió informaciones falsas sobre él en los medios de comunicación. Por ejemplo, que encañonó a un joven en una discusión de tráfico. El joven es informante del CNI. El juez acaba de fallecer. Al parecer por causas naturales.

Unos estadounidenses crean una web en la que es posible registrar el nombre que le das a tu pene. Por 17 dólares, gastos de envío incluidos, envían un diploma que lo confirma. En caso de conflicto entre propietarios, ofrecen asistencia legal para demandar al usurpador (del nombre).

El PP agrava su crisis de liderazgo y se organiza por sms dos manifestaciones contra sí mismo delante de la sede nacional de Madrid. El PSOE les ofrece su ayuda porque ellos sí que saben lo que es convocar manifestaciones espontáneas en la calle Génova. Pásalo.

El Gobierno socialista español califica la política inmigratoria de Italia como racista e ineficaz. La UE-con el apoyo de los socialistas europeos- refuerza y armoniza sus leyes en este campo y da la razón a los italianos. Acto seguido, España suaviza sus críticas a Berlusconi porque teme "el cambio de los flujos migratorios". Es decir, que los inmigrantes ilegales que iban a Italia elijan España como destino.

En Birmania, tres semanas y 130.000 muertos después, los militares comunistas aceptan la entrada de médicos occidentales. La ayuda internacional que reciben sigue a la venta en los mercados populares, mientras la ONU confirma que sólo el 25% de las víctimas están siendo atendida.

Un argentino rebaja el precio de una vivienda si el comprador se deshace del cadaver del dueño, que lleva dos años muerto en el piso. "Éramos buenos vecinos", dice el vendedor, "pero daba pena ver la casa sin gente".

La BBC, Reuters, Associated Press y CNN se empecinan en denominar a ETA "movimiento separatista vasco" y no "organización terrorista". En su descargo dicen defender el lenguaje neutral, así que prefieren omitir la palabra "terroristas" porque podría representar un juicio de valor.

¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí?

miércoles, 21 de mayo de 2008

Deliciosa Audrey

Me enamoré de ella en Roma, que es una ciudad perfecta para rendirse a una mujer. Todo estaba en blanco y negro y tenía ese aire decadente que sólo se respira en Italia, pero verla conducir una Vespa por las calles romanas terminó por conquistarme. Bien es verdad que llevaba detrás a un tipo elegante con mentón clásico, el bueno de Gregory Peck en plan periodista, pero no me importó ni un poco. Nada, para ser exactos. Si a ella le gustaba el varonil Peck yo no tenía nada que decir. Mi amor era (y es) platónico.

La esbelta y delicada Audrey Hepburn rondaba entonces los veintipocos y era insultantemente atractiva. Sonrisa ingenua, flequillo revoltoso y una mirada pícara irresistible. Una princesa de los pies a la cabeza, que era el papel que interpretaba con frescura en Vacaciones en Roma. Fue nuestro primer encuentro y eso no se olvida. Me la presentó un buen amigo llamado Javimata, que nos llevaba (y sigue haciéndolo) varios cuerpos de ventaja en el arte de vivir de la vida sin perder el norte. Todo un logro para un sevillano que sólo adquiere su verdadera dimensión en el sur. En el sur del sur debería decir.

Después vinieron otras películas memorables cuyo único interés era verla en primer plano. Para ello organizamos un pretencioso y muy universitario cine-forum donde analizar sus interpretaciones. ¡Qué idiotas! Si entonces hubiéramos leído a Wilde sabríamos que la belleza no necesita explicación y Audrey era “la” belleza. Sin adjetivos.

No negaré que en ciertos momentos me arrebataba la poderosa atracción caníbal de Ava Gardner en “Mogambo”, pero siempre asumí con humildad que aquella era demasiada mujer para un solo hombre, opinión compartida por Ava y Dominguín. Con Audrey la historia era distinta. Podía ser perfectamente una compañera de clase, o la mejor amiga de tu hermana, o… ¡qué sé yo! Con tal de tenerla cerca, como si era la conductora de la grúa municipal.

Poco después del flechazo romano llegaron Sabrina, My Fair Lady y, sobre todo, Desayuno con diamantes, que es una película redonda, mucho mejor que el libro de Capote. Al nervioso y ególatra autor no le hacía gracia que su historia recordara más a Audrey Hepburn que a él, pero… ¡Así es la vida, Truman!

En aquel Manhattan sofisticado e indolente de principios de los sesenta, Audrey sale de un taxi con su desayuno en una bolsa de papel de estraza. Camina sin pisar el suelo, etérea. Entonces se detiene ante el escaparate de Tiffany & Co. a contemplar las joyas. Viste un impecable traje de satén negro, petite robe noire, unos guantes laaaaaaargos que hubiesen podido ser los de Rita Hayworth en Gilda y un moño francés que hacía furor. ¿Los pendientes? Perlas, por supuesto. El escenario de tanta perfección está a la altura prevista: la Quinta Avenida neoyorquina. El Cielo, vamos.

Ahora cuentan los periódicos que, allá por Navidad, se va a subastar ese traje negro que diseñó Givenchy para la película. Dicen los que saben que su papel de la despreocupada Holly Golightly en Desayuno con diamantes forjó una imagen cinematográfica, un icono a la altura de Marilyn Monroe en La tentación vive arriba. Aseguran críticos y catedráticos que Audrey creó un estilo y simbolizó el encanto y el buen gusto, condenando para siempre la fría maldad de la vampiresa o el cálculo pélvico de la femme fatale.

Si ellos lo dicen habrá que creerlo. Yo, sin embargo, siempre la recordaré deliciosamente sentada en una escalera de incendios mientras canta Moon River y la vida pasa como un suspiro.

martes, 20 de mayo de 2008

A golpes con la vida

Me encanta la oscuridad. Me gusta el silencio. Y si puedo unir ambas pasiones, aunque sea pagando, no lo dudo ni un instante. Por eso no tengo reparos en ir al cine todas las semanas. Es mi variante laica del precepto dominical, que también cumplo sin complejos, solo o en compañía de otros. Es un furor que nos dejó en herencia mi padre, un hombre de espíritu grande y bolsillo pequeño. “Como no puedo viajar, voy al cine” me dijo en una ocasión a la puerta del Brisamar, sala de arte y ensayo en la que enamoró a mi madre, allá en el Gijón de los sesenta.

Así que cada vez que me asomo a una taquilla espero descubrir nuevos mundos, conocer a gentes diversas, vivir otras vidas. Por eso hace unos días salí reconciliado con el cine, satisfecho de poder viajar en el tiempo al módico precio de 5 euros. Esta vez de la mano de un Russell Crowe inmenso que se agiganta en las dos horas y media que dura Cinderella Man, una película dura, seca y directa a la mandíbula. Una historia de auge-caída-resurrección de las que no pasan de moda, con personajes esforzados, de esos que no cambian por muy salvaje que sea su tiempo. Una aventura épica en la que gente sencilla lucha contra la adversidad sin perder el norte. Un relato con la grandeza de las epopeyas griegas.

Está claro que estas historias no les gustan a los críticos. Por eso algunos dijeron que era moralizante y dulzona. Razón de más para ir a verla. Supongo que los firmantes de esa opinión jamás han cruzado guantes en un cuadrilátero ni se ha puesto detrás de una cámara. Son las paradojas de escribir con el culo a salvo en una silla mullida, cuando se sabe poco cine y nada de boxeo. Así es la vida.

Otra cosa sería que el protagonista, Jim Braddock, fuese un boxeador homosexual enamorado del árbitro, se vea o no correspondido en sus querencias. O un boxeador sonado del que hay que apiadarse con una eutanasia limpia y rápida como un gancho de izquierda. O un púgil que sufrió abusos sexuales en su parroquia cuando era monaguillo. Entonces sí. Entonces ¡gran película! ¡Denuncia valiente! ¡Obra maestra!

En nuestros días es un escándalo que un director de cine se gaste millones de dólares en contar la vida de un boxeador católico a golpes con la vida, un iluminado que permanece fiel a su esposa en medio de los pavorosos años de la Gran Depresión norteamericana. Un hombre que toca el cielo y que dos años más tarde mendiga para sobrevivir. Un tipo, en definitiva, que pierde, pero no se rinde. Pura provocación en 35 milímetros.

Por eso la historia de Braddock es imprescindible. Porque es la vida misma con su mejor cara. Sin glamour ni efectos especiales. La historia real de un inmigrante irlandés que pasó de pelear por el título mundial de los semipesados a descargar fardos en los muelles de Nueva York y de ahí a luchar de nuevo por la corona de los pesados. Un deportista que, tras saborear la gloria, se enroló en el Ejército (37 años, tres hijos pequeños y un ideal) para luchar por su patria en la II Guerra Mundial. Un héroe en un tiempo en el que despreciamos a los héroes, aunque nos ofrezcan unas lecciones de dignidad que alimentan más que los solomillos.

Porque para ser boxeador se necesita mucho coraje. No puedes huir, te golpean sin piedad y miles de personas aúllan por igual tus triunfos y tus caídas. Todo para que, al final, sufras la vergüenza del fracaso ante un adversario más joven y más rápido. Por eso se necesita mucha humildad para afrontar la derrota. O mucha miseria. Como las que tuvo Cinderella Man, que nunca se mudó de New Jersey. Ni en las duras ni en las maduras. Fiel a si mismo y a los suyos.

Jim Braddock, déjeme que se lo diga, no fue un gran boxeador. Fue una gran persona que boxeaba. Un hombre que combatió con enemigos tan poderosos como la pobreza y el hambre. Un caballero (Gentleman Jim fue su verdadero sobrenombre deportivo) comprometido con los que le ayudaron en los malos tiempos. Así que esta es una historia de sacrificio, integridad y redención. Una apología de la familia contada sin miedo. Una gran película. ¿Se la va a perder?

lunes, 19 de mayo de 2008

La piedra


31 de enero de 1987. San Sebastián. El velódromo de Anoeta lleno hasta la bandera para ver la prueba ciclista de las Seis Horas de Euskadi. En el programa, sin embargo, hay también una prueba de deporte rural vasco: levantamiento de piedra. Y apuestas. Como siempre.
En uno de los de intermedios, mientras los ciclistas se preparan para la siguiente carrera, un mocetón navarro se dispone para afrontar un desafío milenario, el encuentro del hombre y la tierra, la tradición, la memoria.

En silencio, el levantador se acerca con parsimonia a su destino, una piedra cúbica de granito puro, 300 kilogramos. Nadie antes podido alzar sobre su cuerpo semejante mole, trabajo hercúleo, reto ancestral.
Se hace el silencio e Iñaki Perurena mete sus manos en las grietas y dispone la piedra adecuadamente, apoyada sobre las rodillas, con las muescas de agarre hacia abajo. Como en un baile atávico el levantador inclina su cuerpo y dobla la columna vertebral con fuerza, hasta tal punto que parece que es la piedra la encargada de alzarlo a él.

Sin embargo, todos saben que no es así y que es Iñaki el que se agarra con firmeza, todo su cuerpo en juego, hasta que consigue levantar unos centímetros la piedra, lo suficiente para que esta deje de tocar el suelo y comience su ascensión de los pies a la cabeza.

En vilo, la concurrencia retiene el aliento. El momento es crítico, primario, temible. La piedra está a punto de girar sobre su eje y dar una voltereta imposible sobre la musculatura abdominal de Perurena: la parte de arriba quedará abajo y la de abajo pasará a las alturas. Parece simple, pero no lo es, así que el levantador permanece en cuclillas para no perder el equilibrio.

En ese instante se funden en Perurena todos los atletas de la Historia, desde el discóbolo de Mirón al legendario Arteondo, que levantó piedras por las plazas de toda Vascongadas, el primero en sacar a las calles un desafío prehistórico. Pero eso a Perurena no le importa. Él sigue concentrado en su piedra, 300 kilogramos y una plusmarca eterna.

Entonces se decide a liberar las manos, alternativamente. Primero levanta la derecha, después la izquierda. Ahí es cuando Perurena se abraza al pedernal como si fuera una moza casadera. De Leitza, claro.

En ese momento todo el peso de la mole pasa de sus piernas a sus brazos, convertidos ya en dos amarras. Iñaki se yergue como un oso pirenaico, echado hacia atrás, los ojos en el cielo y la sangre caliente, trescientos kilogramos de granito sobre su tronco y los riñones prietos como puños.

Llega el momento cumbre, el tercer y último tiempo, la subida de la piedra al hombro. El pecho es ya una rampa y los músculos se tensan hasta su límite, a punto de reventar por el esfuerzo. Sin embargo, Perurena se detiene un instante, apenas un suspiro, ajeno a todo lo que le rodea. Entonces grita de esfuerzo, mientras empuja la piedra hacia arriba con pequeños saltos y un balanceo que le ayuda a deslizar la mole.

Es el éxtasis, la gloria, el record mundial de levantamiento. Las gradas aúllan y aplauden y se vienen abajo con gritos de júbilo, abrazados unos a otros por la plusmarca, por el espectáculo, por el dinero ganado en las apuestas.

Han sido diez segundos para la Historia, de fuerza sobrehumana y técnica infalible. Diez segundos de leyenda griega en Donostia. 300 kilogramos. La piedra.

domingo, 18 de mayo de 2008

Pastor bonus

Después de cuarenta años al servicio de los cubanos –de todos, los de dentro y los de fuera–, Pedro Meurice ha dicho adiós. Hasta hace unos días era arzobispo de Santiago de Cuba y primado de la Iglesia cubana, algo que llevaba con paciencia bíblica. Ahora sonríe con esa timidez tan suya, liberado ya de una misión propia del santo Job: ser obispo en tiempos de Fidel Castro.

A Meurice, guajiro de pies a cabeza, nunca le interesaron las dignidades o las reverencias. Ni cuando le dieron en Georgetown el Honoris Causa ni con los rumores que le hacían arzobispo de La Habana y cardenal. Algunos dijeron entonces que no tenía las virtudes de un príncipe de la Iglesia. Tampoco los defectos, añado yo. “Todo lo más, cura de pueblo”, asegura él.

Sin embargo, la vida tenía otros planes para un hombre al que el castrismo no ha podido doblegar. Quizá su tenacidad mambisa convenció al Espíritu Santo de que sólo él podía estar a la altura de su pueblo. Igual que antes lo estuvieron algunos antecesores, desde el P. Claret a Enrique Pérez Serantes, que salvó a Fidel Castro de ser fusilado en 1953. Seguro que algo de eso influyó en Pablo VI cuando le designó para encabezar una Iglesia perseguida, pero fiel. A veces a pesar de ella misma.

Pedro Meurice, Perucho, nació en San Luís, un pueblecito cercano al santuario de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba. En el seminario de El Cobre pasó el final de su infancia y adolescencia. “Allí fui feliz”, confiesa con un susurro.

Eran tiempos de esplendor, de bonanza económica, de colegios a rebosar y vocaciones en alza. Un paraíso a la cubana. Con la mayoría de edad, Meurice salió para estudiar más. Tenía y tiene una memoria de elefante. Lo demostró en Vitoria, años 50, donde recaló por un tiempo. De sus días en España recuerda con gozo el frío alavés, el vino de Rioja y los deseos de volver a su isla cuanto antes. Sin embargo, la vida le llevó por otros caminos, caminos que siempre terminan en Roma. La Gregoriana le doctoró con méritos y allí sonó la hora del retorno. En 1958, vísperas revolucionarias, volvió a su tierra.

Transcurrió el tiempo con lentitud caribe y a su paso descubrió que nadie le había preparado para el mundo que le había tocado vivir. Un mundo hostil y ajeno. Una Cuba diferente aunque se llamara igual. Un país del que quisieron arrancar a Dios para plantar a Marx, decapitar a la Iglesia para imponer al Partido, cambiar a Martí por Fidel. No pudieron.

Todo eso se lo explicó Meurice a Juan Pablo II en una homilía histórica. Fue ante medio millón de cubanos y con Raúl Castro presente (y nervioso) mientras el pueblo exigía libertad a gritos. Aún recuerdo al viejo comunista revolverse en la silla cuando el arzobispo contaba con pausa las verdades del barquero. Después le persiguieron por tener la lengua larga, le apretaron, le aislaron. No pudieron quebrarle.

Pedro Meurice –pastor bueno– se jubila y, aunque la noche sea larga, él está en paz. Una paz interior que le recuerda el refrán montuno: “Nunca está más oscuro que cuando va a amanecer”. Meurice sabe que debe irse, pero su corazón oriental le grita que no se vaya. Todavía no. Él quiere quedarse. En Cuba. Está sembrado allí, firme como una palma real. No se marcha. Ni aunque lo arranquen. Hasta que salga el sol.